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Viene a significar Erasmo de Rotterdam la personificación de unos ideales muy elevados. Razonablemente la libertad de expresión y el propio librepensamiento le deben muchísimo. Hombre innegablemente avanzado a su época, Erasmo de Rotterdam, tuvo que vivir en un periodo de profundos cambios, donde su ideario humanista, bien poco pudo detener la debacle humana que supuso el Renacimiento. Y es que aún sonando profundamente positivo, el “Renacimiento” tiene su parte oscura, su intrahistoria terrible; los pollitos de Erasmo.

Existe la malversada idea de que el progreso, por el hecho de serlo, ya debe ser bueno. Un planteamiento de base normalmente rupturista, el progreso suele ser así,  suele tener buena acogida en el seno de una parte amplia de la sociedad. Así muchas veces, la bendición que suponen los avances, pueden inadvertidamente pasar a convertirse en totalmente lo contrario de lo que inicialmente parecieron querer decir. En la historia se nos muestran multitud de ideas que fueron planteadas, no fueron entendidas o aceptadas, y el futuro, por supuesto, fue el beneficiario. Para con Erasmo de Rotterdam, y su inquieta existencia, se usó la frase de “el puso el huevo, y Lutero lo incubó”. No menos famosa su respuesta; “pero yo no esperaba ese pollito”. Ahí está el matiz el matiz de la cuestión. En las ideas no solo hay que ser genial en su planteamiento, sino tener el tacto de saber si son adecuadas en tiempo y en espacio.

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Erasmo de Rotterdam 1466-1536. Sus Adagios, Elogios de la locura y su Traducción del Nuevo Testamento nos legan un pensador humanista de primera. De la generación de los que defino como utópicos; Tomás Moro, Collet, Linacre, planteó su “utopía” que el mundo no supo entender, o que el en su inteligencia no supo valorar. Llegados los problemas se escondió en la erudita independencia para no reconocer que quizás fue un tanto aventurado. Jamás rompió formalmente con la Iglesia Católica, si bien simpatizaba con la Reforma. En la turbulencia por el creada, solo supo decir…. “yo no esperaba este pollito”. Triste epitafio de una mente privilegiada.

Erasmo de Rotterdam vino a exponer realidades crudas y la necesidad de una reforma absoluta al calor del periodo de redescubrimiento que supuso el “Renacimiento”, dónde vino a fallar fue en que realmente no calibró la profundidad de sus palabras para con el tiempo que le tocó vivir. Quizás no sea responsabilidad del filósofo o el teólogo, medir las consecuencias, pero no menos es de esperar que el tirón de orejas se pueda producir a tenor de las consecuencias. Exponer para una mente brillante, considerada “humanista”, aún sonando paradójico, no debe suponer problemas. Lo tachable es que normalmente la brillantez de estas mentes no sean capaces de asimilar que van a ser difícilmente entendidos. Erasmo sin duda dio la base para la Reforma religiosa -y por ende social- en Europa, pero luego no quiso asimilar que el plano teórico, necesita de una trasformación al plano de la realidad. Su “pollito”, no es más que la deprimida respuesta al huracán desatado.

El propio Martin Lutero quedó sobrepasado por la superioridad intelectual de Erasmo de Rotterdam. En sus epístolas, se puede observar como pasa de la adulación -Lutero- al pensamiento soberbio del segundo, al requerimiento inmediato, para después y con acritud despreciar lo que paradójicamente más recordamos de Erasmo de Rotterdam; su independencia. Erasmo de Rotterdam planteó, pero quedó abrumado por la magnitud y consecuencia de su pensamiento adelantado. Hoy en día la historiografía, tiende a favorecer la imagen de Erasmo de Rotterdam, por la simpatía que el momento actual representa en las ideas por el descritas. El mundo no entiende de contextos, solamente de resultados. Es finalmente como si se quisiera imponer que el mundo entero fue quién no se adaptó a los planteamientos del teólogo. Sin embargo, la realidad es que el periodo de brillantez impuesto por el “Renacimiento”, se vio convertido en una de las épocas más oscuras en cuanto al pensamiento en Europa.

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Martin Lutero 1483-1546. No destacaré por mi apoyo a Martin Lutero, del cual resumiría sus intensos claroscuros. Si le cabe el honor de ser el típico brazo ejecutor de las ideas. Los pensadores adolecen de miopía consecuente, y jamás son capaces de llevar a cabo lo que plantean. Normalmente se necesitan “Luteros” que son los que dan vida a las ideas. A pesar de que desagradaba enormemente a Erasmo de Rotterdam que Lutero se basara en él, su influencia es innegable. Tanto que el alemán jamás le perdonaría que Erasmo permaneciera inmóvil ante la plasmación de sus propias ideas.

La paradoja es que sus ideales “humanistas” pasaron a ser la punta de lanza de la destrucción europea. Sentó la base intelectual para la división política y religiosa de Europa, y con ello para la muerte y destrucción en un periodo de absurdo oscurantismo. El jamás supo definir el resultado. Su mente tenía claro los acontecimientos, pero se mantuvo al margen de los hechos, haciendo de su independencia un mero parapeto. La ideas y la genialidad deben ser manejadas con sumo cuidado. Dones tales, pueden a priori ser útiles alicientes sociales, pero se debe tener en cuenta que una vez vertidas, los resultados no pueden ser los adecuados o esperados. El pensamiento y la filosofía, suelen sufrir esta maldición, que a los ojos de la ciencia, es el motivo de su condena. Falta de rigor y de resultados prácticos. Las ideas vertidas generan sinergias, sorprendentes para sus creadores. Resultados que una mente brillante, paradójicamente jamás se podrá explicar.

La historia desde Erasmo, o quizás antes, no deja de mostrar la repetición de este proceso. Idea avanzada, sociedad no preparada, resultados luctuosos a corto y medio plazo. Quizás el método deba ser así, no exista otra posibilidad, y sea inevitable que la aportación de unos pocos, deba ser llevada con dureza por los muchos, no lo sé realmente, finalmente solo me planteo la inevitable consecuencia: ¿El progreso entonces es un acto de humanismo o de ilustrado egoísmo?

Un Saludo.

La oreja de Jenkins (III)

Publicado: 7 agosto, 2013 en Historia

Decir Cartagena de Indias significa mucho en el contexto del siglo XVIII. Para los británicos era pieza codiciada; ciudad importante, fortalezas bien asentadas, plaza estratégica. La ensoñación de los ingleses era sin duda de convertirla en la avanzadilla junto con Cuba, de la presencia británica en el sector. La pérdida de este enclave habría traído consecuencias nefastas para los intereses españoles en la zona. Para los españoles representaría su pérdida otro Gibraltar negociado. Desde allí los ingleses podrían extenderse con facilidad, además de poder atosigar a su antojo el frágil comercio español. Sin duda alguna la batalla más trascendente, de realizarse, habría de ser allí. Vista la importancia los dos bandos se tantearon en ataque-defensa. Los británicos intentaron un nuevo escarceo para con ella, esta vez algo mejor equipado y con el doble de navíos que en la vez primera. Mismo resultado.

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San Felipe de Barajas. En estos muros vino a desorrollarse el mayor choque de la guerra de la Oreja de Jenkins. En sus murallas murió la bravuconería británica y las causas que llevaron a la guerra. Toda una lección de humildad que a ese pueblo arrogante, de vez en cuando le sienta bien recordar.

Vernon embaucado por la leyenda de Cartagena de Indias, decidió poner allí toda la carne en el asador. Diferentes análisis posteriores del proceder de Vernon, sólo conducen a la fascinación que sentía por la toma de este enclave, producto de su propia fantasía. El plan original británico, siempre discurrió por la más lógica toma de la isla de Cuba como plataforma central desde la que amargar la supremacía española en la zona. Solamente una mentalidad que iba “más allá” -expulsión continental de los españoles- explica el cambio de parecer en Vernon para con Cartagena de Indias. Así las cosas, se decidió por el “a la tercera va la vencida” y reunió una flota de doscientas unidades para esta vez si, aplastar a los españoles de Cartagena. Las cifras de la operación asustan; 200 navíos, 30000 hombres, frente a 6 navíos, no más de 5000 hombres…. Dirigidos por un tal Blas de Lezo.

Blas de Lezo… Cojo, tuerto, manco…. ¿Sordomudo?

Y no podía ser de otra forma. Siempre lo pienso. Existe lo que llamamos “justicia poética”. No lo dude usted querido lector, y mucho menos no lo olvide para con su vida. Una guerra que comenzó por una supuesta amputación, el lamento de un lisiado, no podría ser solucionada sin la intercesión de la Divina Providencia. El caso es que Cartagena de Indias iba a estar defendida por un ilustre marino español, Don Blas de Lezo, que en el ejercicio de su vida militar había quedado bien lisiado. Si el corte de una oreja supuso el pretexto de una guerra, no menos da de pensar, que si esa justificación es válida ante Dios, cuando éste haga justicia y reparta razones, el más dañado debería llevarla. Blas de Lezo era cojo, manco y tuerto. Tal sería la cosa, que se le conocía por el “medio hombre” y no tanto por su hombría, sino por sus pedazos desperdigados. De existir el “karma” y ser inglés, yo habría tenido más bien mal rollo…

Para pavor español, la fabulosa flota de Vernon, encaró Cartagena de Indias el 13 de marzo de 1741. Al poco ordeno su bloqueo y comenzó el desembarco de tamaña legión. Con tan pocos mimbres para la defensa, Blas de Lezo tuvo que galvanizar lo poco que había. Cartagena de Indias estaba trufada de fuertes y acantonamientos, pero difícilmente defendibles con tan pocos brazos. Desembarcados los ingleses y su tren de artillería, su primer objetivo fue el Fuerte de San Fernando de Bocachica. Congregados los del Reino Unido, comenzaron a balacear de cañón dicha posición española. Esta al poco era absolutamente insostenible. Blas de Lezo comprendió que era insalvable y decidió su retirada al mayor fuerte de la zona; San Felipe de Barajas. Allí congregaría lo que tuviera para resistir la terrible embestida del Almirante Vernon con lo que tuviera, el tiempo que pudiera. La imagen de los españoles abandonando el fuerte de Bocachica, llenó de complacencia la imaginación británica.

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Don Blas de Lezo. En el cuadro, evidentemente retratado enorme dulcificado. Su ojo tuerto, parece un guiño… ¿A Vernon?

Dice un sabio dicho, que nunca des por vendida la piel del oso, antes de cazarla. Vernon se acercó a San Felipe de Barajas exultante. Tal sería su alegría de ver a los españoles batirse en retirada, que cometió el mayor error de su vida. Este no sería militar -que vendría también-, sino absolutamente político. Tomada Bocachica, decidió despachar correo de victoria a la isla de Jamaica. Este al llegar allí, fue diligentemente remitido a la Gran Bretaña. El 19 de abril decidió que sería la victoria. Llegada la noche y en vista de la escasez abrumadora de los españoles, tanto en víveres como en número, y forzado por su arrogante correo de adelanto, se decidió a un asalto a la antigua usanza. Sin más espera, granaderos en punta, y escalas para trepar los muros de San Felipe de Barajas. Blas de Lezo, hombre bien previsor, y seguramente contemplando las carcajadas inglesas, jugó con su ego desmedido. El reto estaba servido, y él, había ordenador excavar un foso alrededor del fuerte, que se mostraría fatal para los ingleses.

La noche, silencio. Los ingleses se mueven en ella sigilosos. Al tiempo ellos no pueden tampoco ver con claridad, y no observan que sus perfectas escaleras, mantienen un largo adecuado para los exactos muros de San Felipe de Barajas. El avanza es ordenado y faltando unas centenas de metros, el infierno de pavor, se desata para los españoles. Una enorme masa de atacantes a grito medieval avanza enfurecido hacia las murallas. De repente la gran sorpresa. Un generoso desnivel no planeado que hace que los atacantes caigan al pozo como una corriente de agua enfurecida para darse de bruces en la muralla. Gritos, alaridos, maldiciones… Cada vez más ingleses se agolpan en el boquete y de repente… ¡¡¡Gran estruendo de fusilería desde lo alto de San Felipe de Barajas!!! Imaginar nada más la media sonrisa del “medio hombre”, me produce escalofríos.

Los recién llegados comprenden en la ratonera que están, pero otros van llegando y empujándolos al más puro fondo de los infiernos. Unos avisan de retirarse, pero la marea humana continúa cayendo en la trampa sin queso. Las descargas de fusilería se suceden, haciendo para los defensores de San Felipe de Barajas que sus disparos siempre azoten en carne inglesa. La matanza es descomunal y lo mejor, va en aumento. Tras una orgía de sangre, llegan las primeras luces del amanecer. Allí continúan los ingleses apelotonados entre muertos y desorientados. Blas de Lezo comprende que ha llegado la hora de que la araña se decida a salir. Se abren las puertas de San Felipe de Barajas, dando paso a otro estruendo de infantería. Esta vez es el ratón el que sale detrás del gato. Los españoles salen a punta de bayoneta atravesando carne inglesa como si fueran simples cueros.

Tras esto la estampida es la única respuesta. Los oficiales británicos no pueden dar crédito a lo que ven, sino fuera por mirar a los ojos a los que huyen despavoridos del campo de batalla. Unos hacía el sur, otros el norte, da igual, lo importante ya no es salvar la batalla sino el mismo pellejo. La búsqueda compulsiva de los mismos barcos que los habían desembarcado, facilito que aún manteniendo superioridad numérica, los españoles ya no plantearan la defensa intramuros. Tras ese terrible día, para las armas británicas, el asedio de Cartagena de Indias, se convirtió en una guerra de posiciones donde los españoles eufóricos, y debido sobre todo a la gran mortandad de aquel infausto día, se permitían el lujo de abortar los desembarcos. Al poco tiempo la flota palidecía. Enfermedades, hambruna, falta de mantenimiento… Finalmente el asedio se levantó y desaparecieron tras limitarse a bombardear desde sus potentes navíos.

Vernon y la humillación de todo un Rey

He decidido abrir este apunte dentro del texto, a pesar de lo pesadísimo que me estoy poniendo, debido a las consecuencias de la derrota inglesa de Cartagena de Indias. En el Reino Unido deben observarse como tocados por la mano de Dios, puesto que se ve que con ellos no va el asunto de la verdad. Padres del empirismo, en parte fundadores de la idea de la libertad -merito innegable-, por contra son absolutos destructores de la verdad. Quizás su ideal se ha mantenido y ha servido, en base a esta premisa; la mentira. Como habíamos dicho antes, Vernon había despachado correos dirección Reino Unido, adelantando una victoria que se convirtió en terrible derrota. En una época distante de la actual con internet, la cosa llegó a su destino, produciendo algarabía y fiestas, al modo de la victoria de Portobello. Tal sería la alegría de los anglosajones, que se decidieron a premiar a los participantes con una fabulosa medalla de oro conmemorativa. Esa medalla sería codiciadísima entre los nobles españoles, que en las fiestas la sacaban para cachondeo del general.

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¡¡¡Y aquí la tenemos!!! La famosa medalla conmemorativa de la Victoria sin-Victoria. Obsérvese al gentil Vernon humillando a Blas de Lezo que aquí figura ¿Entero?

El Rey Jorge II, enterado de la verdad del asunto, casi sufre una apoplejía. Tal sería su impresión que hizo todo lo posible por obviar la derrota a toda costa. Por un tiempo sirvió. La verdad, debido a la potencia de Reino Unido con su poderosísima Reina Victoria, era subjetiva en lo que se refiere a la historia inglesa. Un halo de romanticismo caía sobre cada acción de la Royal Navy y los casacas rojas, haciendo increíbles las historias de derrotas. Se conformaba un Imperio. Al igual que la Leyenda Negra vilipendió a España, la “Leyenda Rosa” edulcoró la británica. Poco ha importado sus matanzas de indios en Norteamérica, al borde del genocidio metódico, el maltrato al pueblo irlandés, condenado a la postración, hambre, humillación, hasta entrado el siglo XX… Y tantos. El caso histórico inglés, se basa en una gran mentira, apoyada por un pueblo arrogante que de la verdad nada quiere saber. Hoy día solo contemplar como defienden asuntos como el gibraltareño, daría arcadas, hasta a ellos mismo, de no ser…. Puramente ingleses.

Y colorín colorado, la Oreja se ha cortado…

La guerra en si, tuvo algunos acontecimientos más. Evidentemente los ingleses ya no minusvaloraron la posición española en la zona, y se limitaron en acciones puntuales de asalto y bombardeo. Realmente la guerra de la Oreja de Jenkins pasó a deslizarse al terreno europeo en otra que la eclipsó; la guerra de Sucesión Polaca. Decir que el esfuerzo español condujo a un empate técnico, que llegado el momento de la paz , producía que el affaire de Jenkins no tuviera la trascendencia territorial de otras guerras anteriores. Realmente tras innumerables acciones y muertos, Gran Bretaña no había ganado absolutamente nada, como bien preveía Wallpole. España mantenía su dominio en américa y además se apuntaba el tanto de haber zurrado a la Royal Navy una fabulosa victoria indirecta. Los mismo que realizaron el “cocido” de la oreja, ahora se apresuraban a solicitar la paz por el hastío de una guerra sin beneficios y francamente agotadora. El pretexto de la guerra, solo había traído una guerra más.

Hoy día muchas heridas dieciochescas se mantienen abiertas. Los británicos en su “talasocracia”, siguen considerando que su honor bien vale el escarnio de mantener una colonia en territorio del otrora enemigo, ahora aliado. La única convivencia que ellos exigen es la de antaño, que España se permita humillada. Cada vez que España le recuerda que la situación anacrónica es insostenible, a la par de los condicionantes económicos de la situación, Reino Unido responde cual que lo harían los opositores de Wallpole. Amenazas, soberbia, desprecio…. Gasten cuidado señores británicos, las orejas cortadas, a veces siempre lo estuvieron bien…

Gracias por su paciencia. Un Saludo.

La oreja de Jenkins (II)

Publicado: 7 agosto, 2013 en Historia

Decir Jenkins, es hablar del capitán del barco “Rebecca”, barco inglés dedicado al contrabando en las aguas caribeñas. Robert Jenkins, fue un episodio más de la guerra comercial que anteriormente definíamos como fría. Hacía 1731 fue interceptado por el “guardacostas” español de Juan León Fandiño en una acción de mera rutina diaria. Al revisar el cargamento del inglés, el español observó como se trataba de un “porte” contrabandista y según la versión del inglés dada en el parlamento británico, al que accedió a declarar en unos llamativos siete años después, éste, el español, le cortó una oreja al tiempo que le espetaba; “Ve y di a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve“. Que quieren que les diga. Pudo suceder; seguramente. Que fue así; seguramente no. Evidentemente queda muy novelesco y la verdad, a uno se le escapa una sonrisa al permitirse la licencia de imaginar un momento histórico así. El español navaja en mano, cortando la oreja y amenazando reyes. Seguramente el muy sinvergüenza, simplemente hizo de su terrible quemazón, el veneno que necesitaba la oposición.

Walpole ante tamaño exabructo  intentó por todos los medios evitar el conflicto sangriento que el parlamento reclamaba. Evidentemente poco pudo hacer, puesto que su imagen estaba muy deteriorada, e incluso entre sus filas ya los había que pedían sangre y pólvora para con España. El asunto Jenkins no es más que una romántica coartada belicosa con la que convencer al siempre excitable pueblo inglés. La guerra estaba decidida de antemano por la presión del lobby comercial, siempre absolutamente partidario de la violencia intervencionista. Me caben enormes dudas sobre los sucesos en base a obtener conocimiento de lo que era un día cualquiera en aquel parlamento, y no menos de las constantes sátiras antiespañolas de la época en la incipiente prensa política británica. El Reino Unido -para entonces ya lo era- vivía en una obsesión constante para con España. Unido al jugoso botín que siempre se esperaba obtener de las aventuras violentas con España, se unían además, constantes patrañas religiosas, heredadas de los tiempos de la Reforma. Si para España el moro fue motivo de Cruzada, para los británicos, España era la suya.

La oreja presentada al parlamento en un tarro, cual si fuera un salazón, aderezada con un “intolerable insulto al Rey”, fueron los ingredientes de ese enjuague, y arrastraron a dos naciones a una larga y cruenta guerra. Deberían algunos en el Reino Unido de tomar nota cuando excitan parlamentos y solicitan la presencia de la flota británica en las aguas de la Bahía de Algeciras en un ejercicio de peligroso onanismo intelectual. Reino Unido vive anclado en un extraordinario paroxismo talasocrático propio de la isla que son. Al menor de los problemas -sea amenaza o no- ya están refugiándose tras el fantasma de la “Royal Navy”, que por supuesto, excelentes resultados les ha producido. Mínima apreciación de sentir su orgullo herido, ración de “Royal Navy”. Observación de intereses amenazados, ración de “Royal Navy”. El ideal estuvo a punto de romperse en las Malvinas, de no ser por el bloqueo “Exocet”. Pero eso es otra historia…

A la guerra de la Oreja…

Declarada la guerra la situación estratégica era la habitual. España tenía mucho que defender y los británicos mucho donde golpear. El viejo dicho de “el que mucho abarca, poco aprieta”, siempre tan presente en la grandeza española, y como no, en el oportunismo inglés. La guerra en si, se basaba en el principio español de verlas venir. Aún teniendo la escuadra bastante regenerada del periodo desastroso del final de los Austrias, y recuperados ya del golpe de Cabo Passaro, era inigualable a la flota británica. Una acción ofensiva no cabía en la mente española. Más aún cuando en virtud de los “Pactos de Familia”, Francia accedió a colaborar con España, pero la flota enviada al efecto su base en Haití, sufrió una epidemia que la dejó totalmente fuera de combate. España se las tenía que ver con el iracundo Reino Unido con lo puesto, y a veces, no era mucho. Los ingleses por contra pusieron toda la carne en el asador y decidieron que era el momento de acabar con la hegemonía española en américa. O bien esto, o cuando menos en el Caribe.

Edward-Vernon-1684-1757

Edward Vernon alias “el adelantado”. Tal sería su creencia en la inferioridad de los españoles, que jamás pensó en una derrota tamaña. Quizás algunos deberían aprender que a veces, azuzar a la “Royal Navy”  tan alegremente, conduce a serios problemas. Ultima Ratio Regis… Último Recurso de Reyes…

El almirante británico Vernon fue enviado al Caribe, donde habrían de darse los combates principales de esta guerra de oreja. La flota británica se concentró en Antigua para pensar a placer dónde poder golpear con beneficio. La primera víctima de su acción fue la localidad de La Guaira -actual Venezuela-, hacía donde se dejó caer con una fuerza limitada, seguramente obsesionado con la debilidad española. Los ingleses son siempre amplios caballeros en la literatura, pero en la guerra, son burdos merodeadores y oportunistas. Piratas de uniforme -no es una opinión subjetiva-. Su plan para con La Guaira, suponía enarbolar la bandera española para colarse hasta las sopa del mismo puerto. Una vez allí, descerrajar a cañonazos lo que allí hubiera, para con el terror, hacer fácil la toma del lugar. Para su pesar, Gabriel de Zuloaga, encargado de la defensa de dicha localidad, debía ser hombre bien desconfiado y espero paciente que la flota mentirosa accediera para entonces artillearlos bien durante un par de horas.

(c) National Trust, Shugborough; Supplied by The Public Catalogue Foundation

Portobello, único tanto de calidad que pudo apuntarse el malogrado de Vernon. Los cuadros navales, la mística británica, la fuente de sus alegrías. Como isla necesitan pensarse protegidos, la flota es su gran delirio. Es como el conejito de peluche al que un niño se aferra, con la esperanza de que no se le aparezca el Coco…. Pero cuidado, a veces se aparece el Cojo…

La primera operación de envergadura de la guerra de oreja, se saldaba con un buen zurrado de los ingleses, que a la postre solo habían producido daños menores y la captura o hundimiento de cualquier que otro falucho español que por allí anduviera. Evidentemente era solo el principio, y Vernon que había trabajado en el ataque a La Guaira mediante subalterno; Waterhouse, decidió tomar el mando directo de su flota y conseguir algo presentable a la rabiosa opinión británica. Clavó sus ojos en la próspera Portobello -actual Panamá- y allí se dirigió al frente de seis potentes navíos. Al contrario que en La Guaira, en Portobello encontró el punto débil de la cadena. La guarnición era escasa y estaba adormecida, seguramente por la desidia de su mando en plaza. La toma de Portobello fue facilísima y como tal llegó al Reino Unido. Los británicos al unísono por fin veían realizadas sus plegarias; España era vencida y ellos se enteraban. Como botón de muestra y anécdota, sirva pensar que el famoso God save a Queen(entonces King), se elaboró en las euforias de esta “tamaña victoria” de Vernon.

Quede claro que la victoria cuando es fácil, puede a veces, ser el peor veneno de una guerra. Tras el primer traspiés, lo de Portobello fue, como decimos en España, una verdadera bicoca. Los británicos habían ganado la confianza que necesitaban para mantenerse ilusionados en la guerra. España parecía lo que ellos creían. Una enorme nación inerme, que con una simple patada se vendría abajo. Utrecht podría superarse, y conseguir trufar el Caribe español de las bases necesarias para en otro par de “orejas”, expulsar a los españoles del continente americano. La victoria condujo al planteamiento de nuevas operaciones. Detrás de la desafortunada Portobello, se hicieron algunos escarceos en torno a la pieza más codiciada de la zona; Cartagena de Indias. Allí los fuertes eran bastante mejores, y la guarnición era más numerosa. Para mantener la ilusión se atacó la fortaleza de San Lorenzo de Chagres, arrasándola. Vistas así las cosas, la guerra por parte británica no iba nada mal. Solamente resistía Cartagena de Indias, para la cual Vernon tendría su siguiente zarpazo…

(Continúa)

La oreja de Jenkins (I)

Publicado: 7 agosto, 2013 en Historia

Los últimos acontecimientos en torno al contencioso del peñón de Gibraltar me llevan a escribir la reseña sobre una guerra anglo-española, poco recordada en su totalidad por la historiografía. Las actuales reacciones de la prensa y el parlamento británico, me recuerdan sobremanera, el proceder de aquellos tiempos pasados. Como se nota el ineludible ADN del que se componen el carácter de las diferentes naciones. El caso de Gibraltar, excita olores, de otros tiempos pretéritos. Tiempos de guerra.

La guerra conocida como “de la oreja de Jenkins”, fue un conflicto armado potentísimo entre Inglaterra y España acaecido entre los años 1739 y 1748. Su atenuación de la historiografía actual, pasa motivada por que en definitiva no fue del resultado que los británicos esperaban, y además, se vio solapada por la Guerra de Sucesión Austriaca, conflicto que para los historiadores parece tener mucho más renombre. De su paradójico nombre decir que es meramente anecdótico. También fue llamada “guerra del asiento”, por la maniática obsesión británica de colocar el comercio de esclavos -asiento de negros- en las propiedades españolas americanas. El comercio británico sí o sí, evitando la siempre odiosa “Casa de Contratación”, establecida para sostener el monopolio del comercio colonial. La susodicha oreja, no es más que el pretexto que los ingleses necesitaron para forzar un “casus belli” válido.

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En un análisis a bote pronto, se me hace increíble la capacidad regeneradora de España, que indujo Felipe V. A pesar de la mala fama borbónica -habría que dividirlos abiertamente al igual que los Austrias en mayores, menores-, el reinado de Felipe V, fue un gran periodo de restauración. El final de los Austria de España, coincidió con el comienzo de las apetencias europeas hacia con esta. Logró el imposible del total exterminio de la nación como tal. Todo un mérito.

La anécdota trata de que debido a las consecuencias del Tratado de Utrecht y otros posteriores, los ingleses habían logrado lo que se conoce como el “navío de permiso”, esto es, la capacidad de 500 toneladas de comercio directo con las tierras españolas en américa, sin necesidad de la contratación previa. Evidentemente para los británicos era poco, y los españoles mucho. Desde su establecimiento, el sistema no mejoró en nada la situación previa. El contrabando era práctica habitual. De un lado realmente la “Casa de Contratación”, no podía abastecer con su sistema monopolístico a las crecientes colonias de utensilios necesarios, y de otro los británicos deseaban el acceso a este enorme mercado potencial. Sea como fuere, el trato era el trato, y en acuerdos posteriores, se llegó a la conclusión de que España tendría potestad para el registro de barcos extranjeros en sus aguas, para evitar el enorme contrabando.

No eran raros en aquella época los choques entre los “contrabandistas”, y los conocidos como “guardacostas” -barcos privados al servicio estatal para la persecución del susodicho tráfico-. Legajos y correspondencia de la época hablan de cifras astronómicas en una guerra fría por el comercio. Los británicos no cejaban en su intento de acceso al mercado español, y los “guardacostas” asaltaban los barcos que se saltaban las estrictas normas comerciales. Los españoles acusaban de “contrabando”, los ingleses de “piratería”.

En momentos las cifras de estas silente guerra, alcanzaban prácticamente el millar de incidentes en un bando y otro. La situación era insostenible, pero permanecía estable dentro de su precariedad. El tema es que los británicos en una campaña de puro patriotismo rancio, querían acabar con su primer ministros Walpole. La oposición usaba cualquier artimaña posible -benditas sean las democracias-, para en lo posible trasfigurar a su contrario primer ministro. Walpole no quería la guerra con España. Innegable para él, que fuera de los discursos de autocomplacencia, la situación no era como la que narraban los encendidos discursos “tories”. España humillada y repartida en el Tratado de Utrecht, había levantado cabeza nuevamente y con ahínco pretendía recuperar su posición entre las potencias europeas. Walpole también sabía que España no era la antaño temible arma de los Austria, pero que tanto su economía -maltrecha-, su ejército y armada, estaban en ascendente modernización.

walpole

Robert Walpole, primer ministro. Entre las barbaridades que llegaron a decirle en ese Parlamento inglés, estuvo la de que era “amigo de los españoles”. Debe ser que eso para los ingleses era motivo de escarnio. España no interesa como amiga, sino como postrada. Tanto tiempo pasó y se nota que la mente pervertida de muchos, no ha cambiado tanto. Amigos si concedes…

 

Dicho esto, no valió para sus opositores. El bando belicista, no había caído en la cuenta, o no le importaba, que España en menos de una década, arrasada por la terrible guerra de Sucesión, ya había dado muestras de gran vitalidad. En el periodo del Cardenal Alberoni, ya inició España su revisionismo del trágala de Utrecht, mediante el intento de recuperación de Cerdeña y Sicilia. Aquella guerra alocada y estratégicamente poco pensada, dónde España incluso pergeñó un extraordinario plan para la invasión de Inglaterra, acabó con la derrota naval española de Cabo Passaro, que hundió las pretensiones españolas. La creencia de estos en la debilidad española era tal, que su confianza les llevaba a considerar que el humillante tratado de Utrecht no había sido suficiente y que era necesario desmembrar más a España. La guerra anglo-española de 1727-29 fue otra muestra más de hacía donde iban los pasos. España en vista del avance de frontera gibraltareña -el dichoso istmo arenoso-, y otras referencias, consideró declarar nulo el X artículo del tratado. El propio Walpole trasladó al parlamento el asunto, quedando devolviendo la declaración de guerra a España.

La guerra trajo como consecuencia el segundo sitio de Gibraltar, de parte española, y el primero de Portobello, por parte de los británicos. En vista del estancamiento del conflicto, la guerra quedó finiquitada mediante el Acta del Pardo, sin solucionar nada, pero sin quebrantos territoriales para las partes. Para Walpole quedó claro que la consecuencia es que España no había ganado… Ni ellos tampoco. Hombre inteligente desde entonces se dedicó a observar el fortalecimiento español y la necesidad de entenderse mínimamente con ellos para no perder finalmente lo ganado en la terrible guerra de sucesión española. Por supuesto sus detractores y el pueblo llano, no llegaban a comprender el momento histórico. Jenkins no fue más que el pretexto infantil que se adquirió en el parlamento para tomarse una cumplida revancha…

(Continúa)

Hoy me gustaría contaros una historia relativamente reciente. Si bien ya cuenta con algunos años, su alargada sombra alcanza hasta mismo hoy día. Con las crísis económica, están surgiendo toda la clase de tópicos. Algunos de ellos manidos, otros nuevos, pero finalmente todos fruto de la sempiterna demagogia comodona. Por los vomitorios de la crísis, las palabras se sueltan alegremente, y lo que es peor, el pensamiento llega a creer lo que únicamente siempre quiso creer.

La crísis conlleva su problemática, y evidentemente su dialéctica. Es de siempre sabido que los de siempre, hacen su agosto en razón a los dramas sociales que conlleva toda crísis, acentuándo incluso sus efecto para dar una realidad absolutamente irreconocible. A día de hoy, existe ya el Olimpo crítico, configurándose los bandos clásicos de buenos y malos. En resumidas cuentas, cualquier defensa de lo que ha sido el referente socio-económico del mundo occidental y que nos ha llevado a las actuales cotas de progreso, se ve de inmediato lastrado por una pseudociencia de la nueva verdad; el mercado es el nuevo enemigo del pueblo -aunque desde la revolución industrial lleve demostrando lo contrario-, y como no, hay que batirlo. La lógica parece no querer actuar, y simplemente se sojuzga al mercado, por actividades que dichas en verdad, poco tienen de mercado. Evidentemente es fácil que ésta epidemia se contagie. Porque negarlo; pensamiento de muchedumbre. Aquello que dicho por muchos, aunque sea intensamente necio, por el simple peso de la mayoría, justifica su verdad.

En la fascinación “Anti-capitalista”, se merienda uno titulares como éste de la prensa griega. Que mejor explicación a la nefasta gestión de los gobernantes propios, a los que por cierto se les ha votado, que llamar nazi a la líder que les explica como salir…. No quiero pensar si países como España, Portugal o Grecia, tuvieran que escuchar el discurso de Churchill, sangre, sudor y lágrimas…

No pasaría nada con la desconfianza hacia los mercados -sería más de lo mismo-, de no ser por la avanzada hacia la fascinación de las perversiones socioeconómicas. La muchedumbre da por bueno cualquier ensalmo, que de golpe y porrazo signifique no tener que enfrentar la crísis. Vale cualquier cosa. Lo mismo serviría la usurpación del mercado, que la adopción del pervertido sistema “igualitario”. Todo lo que suene bien y permita no mover un músculo, bienvenido sea. Por supuesto además el ideal tiene su miga, puesto que en países ruinosos como España, Portugal o Grecia, ya se consiguió crear el “satanás” popular, el judío que antaño envenenaba las aguas de los gentiles y justos; Alemania. Merkel y sus medidas, parecen el zapato estrecho que nadie se quiere poner. Evidentemente existirán salvedades, pero justo ante Alemania y la crísis, deberíamos sentirnos acomplejados. De eso va esta historia.

Alemania, 1946, una crísis de verdad…

Para todos es sabido que Alemania fue derrotada en la segunda guerra mundial. Más aún, no sólo fue derrotada, sino que como añadido quedó convertida en un verdadero solar. Para suma de desgracias, era un país de ancianos, viudas y niños, ocupado por las potencias vencedoras. No creo que el lector tenga dificultad en poder hacer una comparación entre lo que sería el hoy, y lo que fue ese ayer.

Sin trampa ni cartón. Como en los anuncios de antes y despues para la sociedad obesa. Esta era la Alemania de posguerra, la nación dónde la única alternativa parecía las colas de racionamiento. Hoy en día se desvirtúa el término crísis, pobreza, hambre, con gran ligereza. Los hay que hablan de catastrofes si quitan la manutención de 400 euros…. ¡¡¡Esto es una catástrofe!!!

En aquellos años la población avergonzada vivía de la caridad de los ocupantes norteamericanos -ingléses, francéses y rusos, veían la ocupación más como una revancha que como una gestión-. Todo el país era mera ruina, las producciones de posguerra estaban detenidas, la industria era inexistente, la agricultura se había abandonado. Realmente cualquiera pensaría que no quedaba otra alternativa que la caritativa para un pueblo tan desventurado. Y así las cosas, las autoridades norteamericanas establecieron un plan de ayuda urgente, con motivo de paliar las necesidades más inminentes, vitales. El alemán de posguerra se acostumbró a las famosas colas de racionamiento, y la convivencia con las cartillas para tal efecto. Dígase que este era el gérmen de lo que en unos años sería el famosísimo “Plan Marshall”. Existe numerosa bibliografía que describe el ánimo germano en aquellos años. Cabizbajos, esperando su ración prometida.

Cartelito de financiación del plan Marshall. Lejos de lo que pueda creerse, en europa no es Alemania el principal perceptor de la ayuda americana. Francia e Inglaterra, recibieron bastante más. Los alemanes usaron el impulso del plan para en un entorno liberal dinamizarlo. No es todo gastar, sino saber como se hace…

Las autoridades de ocupación daban por buena la situación y consideraban los plazos de Alemania en número de décadas. Esta situación se convirtió en endémica y no parecía tener solución a corto plazo. El caso es que por fortuna del destino, la difícil convivencia entre los rusos y el bloque occidental, propició la separación de Alemania en dos naciones ideológicamente separadas. La formación de dos conocidas siglas RFA y RDA. Evidentemente se habrían enormes posibilidades con un hecho realmente tan poco aparente. Cada bloque, decidió combatir al otro con la parte propia secesionada, convirtiendo el antaño campo de batalla alemán, en un campo de pruebas de modelos económicos. Los rusos en la parte oriental tenían claro que la nación estaba arruinada, y jamás pensaron en una posible mejora sustancial de la calidad de vida, si bien tras la formación de su estado satélite los mínimos mejoraron.

No piense el lector que el bloque occidental tenía mejores planes que los soviéticos. Si bien la libertad política-con lo que eso ya de por sí supone- estaba planteada, en lo económico seguían dominados por una samaritana actividad. Colas de racionamiento y cartillas. El problema surgió cuando tras la formación de la RFA, con ella vinieron sus instituciones aparentes. Emergió con su nacimiento la figura reconocida de Konrad Adenauer, antiguo alcalde de Colonia y represaliado por los nazis. De lo que sería una lógica marioneta en un país por desnazificar, surgió un político de primer orden. Evidentemente siendo alemán, no podía dar por buena la en apariencia eterna solución del racionamiento para sus conciudadanos. Esperaba bastante más. Poco a poco fue incordiando para ir ganando parcelas de poder al gobierno de ocupación. Finalmente logró formar gobierno, y entre su gabinete acertó en la elección de un tal Ludwig Erthart como misnistro de finanzas.

Adenauer y Erthart, el milagro alemán.

Ludwig Erthart no venía de paso a su misnisterio. Hombre de voluntad férrea, al poco supo imbuir en Adenauer la necesidad de cambiar el estado de las cosas. Para él, la situación textual era ésta; la nación estaba entera por reconstruir, sin embargo en base al racionamiento caritativo vivía paralizada en la inacción de sólo preocuparse en su mera supervivencia cotidiana. Era preceptivo plantear a los americanos, la finalización de ese proceso. Cualquiera pensaría en la falta de sensibilidad del ministro Erthart, pero el tiempo acabaría por darle la razón. Adenauer se plantó ante los americanos para solicitar que el fondo de racionamiento se entregara al nuevo gobierno alemán para su gestión. Los ocupantes, mezcla de incredulidad y de soberbia militar, al principio se negaron. Era como si dos pirados “neonazis” quisieran matar a lo que restaba del pueblo alemán por mera satisfación.

La pareja a homenajear. A la izquierda Konrad Adenauer, a la derecha Ludwig Erthart. Tanto el uno como el otro, tuvieron la valentía de optar en conciencia. Podían haberse dejado llevar y mantener a Alemanía en el coma económico de posguerra. Evidentemnte creían en las posibilidades de su nación. Creo que se llama sentido y responsabilidad de estado.

Evidentemente la voluntad de hierro suele ser un argumento convincente para cualquier actividad en la vida. La insistencia era tal, que se decidió dejarles experimentar de una vez. Por supuesto el pensamiento de los ocupantes era pesimista y de futuro intervencionista. La cosa es que el proyecto comenzó. El estado alemán sólo consideraba prioritaria la reconstrucción del país. Viviendas, carrreteras, instalaciones energéticas, puentes, infraestructuras en general.. El proceso era a partes iguales genial y sencillo. No existiendo racionamiento, las colas desaparecían. Miles de hombres ociosos y cabizbajos perdían la “manutención”. De inmediato las colas se trasladaron a las oficinas estatales de contratación al efecto. Albañiles, mecánicos, electricistas, técnicos, licenciados, alemanes mustios y desesperanzados en general, que de golpe cambiaban una cola por otra. Evidentemente para salud alemana, no es lo mismo.

Por supuesto en el inicio no fue un camino de rosas, y al igual que hoy día pudiera pasar, los de siempre empezaron con la monserga. Los incipientes sindicatos alemanes y el sospechoso SPD, intelectuales y demas flora de todas las crísis, comenzaron su acción de convencimiento en la alternativa de la inacción. Huelgas multitudinarias, demagogias… ¿Qué decir que no sepamos ya? Pero como dice el dicho, “con la iglesia fueron a topar”. Erthart lo tenía bien claro, y lo mejor, su presidente también. La gran reforma seguía su curso. Rebasado el punto de la “manutención”, fue a golpear otro pilar de los que o bien no hacen nunca nada, o hasta les gusta de empeorar. La legislación de posguerra se había trufado de burocracia e ineficacia y como no, sus consiguientes toneladas de impuestos. Tanta lastra eran alemanes mirándose los pies preguntándose cuando les llegaría su turno de “cobrar”, como esa tela de araña que paralizaba la economía. Solo hay que ver un coche alemán para ver que su filosofía es la simplicidad. El secreto suele ir dentro. Evidentemnete su legislación económica quedó exigua.

El conjunto no se hizo esperar. Puesto en marcha el plan Erthart hacía 1950, la nación hasta ese momento estancada rebotó hacia el cielo. La media de crecimiento en ésta década es impresionante; un diez por ciento anual. Del mismo modo su amplísima tasa de desempleo de posguerra, se esfumó literalmente en ese mismo periodo de tiempo. Pudiera pensar algún malintencionado, que ese “efecto” es muy dado en las naciones en vías de desarrollo, pero la situación era perfecta para el análisis veraz y lejos de idioteces. No hacía falta hilar muy fino. En la “acera de enfrete” había otra Alemania, con lo cual ni se puede escudar en la siempre manida bobaliconada de la idiosincracia de los unos y otros, ni otras memeces de tanto adicto. Eran tan alemanes los unos como los otros; misma lengua, misma sangre, mismo bloque cultural, misma situación inicial. Ni siquiera se puede alegar que los americanos financiaran brutalmente mediante Marshall, puesto que en la puesta en escena de la guerra fría, el “escaparate alemán” fue entendido por los dos bandos.

El mayor logro tecnológico de la RDA. El Trabant, coche de plástico, contaminación horrorosa y prestaciones lamentables. Lo triste del asunto es que de no haber caído el Muro de Berlín, todavía sería el vehículo de referencia del país. Fácil es escupir sobre el mercado libre, adoptar la demagogia como mantra diario, mientras se adquiere un BMW como coche de paseo…

La República Democrática Alemana, la “otra”, también tuvo su Marshall versión eso sí, soviética. Y por supuesto que progresó; bastante más que el resto de países de la órbita soviética. En cierto modo la vitrina de la RDA, logró mostrar lo mejor del comunismo hacia el mundo. Evidentemente y para bochorno de cuantos hoy día defienden los “extraños experimentos”, la ventaja de la RDA, era hacia la cochambre de los países del telón. No podía competir en ningún aspecto con la RFA.Venga planes, venga inventos, fuera lo fuera, la “otra” era un sub-país empobrecido en comparación con su hermano capitalista, liberal y occidental. Ese y no otro motivo -los más recalcitrantes y viscerales de la caverna marxista, aún se piensan en manipulaciones del Tio Sam-, es la razón de que el flujo de fugados fuera siempre oriente-occidente, más cuando para mayor verguenza, los occidentales solo habrían tenido que enseñar el pasaporte para irse al “paraíso” y los desdichados de la RDA, so pena de perder su vida…

Esta famosísima fotografía corresponde al que se ha dado en llamar, “primer alemán en escapar del Muro”. Año 1961, prolegómenos de su instalación, y un soldado avispado que dijo, “pies para que os quiero”. Como él serían muchos más, hasta millones en su día final. Contrasta con la actual fascinación con ésta retro-época. Reconozco que cuando veo jóvenes universitarios de hoy día bajo hoces y martillos, con dialéctica “revolucionaria”, ganas me dan de abofetearlos. El engaño de la revolución y el marxismo como alternativa solo es admisible en estratos subdesarrollados e incultos. Todavía retumba lacónico el comentario de una amiga croata al ver la moderna hueste; “y estos os hablan de libertad”. Estaba lívida.

Alemania había forjado su futuro en base al sacrificio y el alejamiento de lo descabellado. El alemán se convirtió en líder económico de europa por la mera razón de su incansable trabajo. El empirismo es quién lleva a pensar que si eso ocurrió en Alemania, y de hecho la crísis económica parece pasar de lado en esas latitudes, en nada es por casualidad. Lejos de estar idiotizados y cabizbajos, consideran que la fórmula que sirvió en ni pensar en cambiarla. La comparación, el contraste, siempre es odioso. Determinados países, entre los que lamento que se encuentre el mío, por contra se “adiccionan” a cualquier herramienta que evite tratar de reflejar el proyecto alemán. Evidentmente no somos alemanes, pero no por ello podemos seguir enfrascados en nuestras mentiras piadosas. Un país que quiere derechos y servicios germánicos, también tiene que tener disposición y capacidades análogas. Pueden dejarse engañar una y otra vez, pero la situación no cambiará mientras la mentalidad no este dispuesta; para lo demás “indignación”…..

Un  Saludo.

No hace muchas fechas y con la excusa de la canción infantil “Mambrú se fue a la guerra”, hice en este mismo blog una mención a la Guerra de Sucesión española. Por entónces y a grandes lineas ya mencioné el posicionamiento que dentro de España tomaron determinadas regiones en favor de uno u otro candidato -Felipe V(Borbón) y el Archiduque Carlos de Austria. España podrida en una extraña guerra civil tomó partido siendo uno y otros, bandos en razón de una corona.

Hoy 11 de septiembre, se celebra en Cataluña la llamada “Diada de Catalunya”. Siendo una celebración local, el alboroto y el jaleamiento la han ido convirtiendo muy poco a poco en una especie de festival nacional de todo el irredentismo catalán. Realmente se puede celebrar lo que se quiera, cualquier explicación huelga y sobra cuando de base “algo se quiere celebrar”, pero me gustaría en éstas lineas dar un poco de luz a la realidad travestida de lo que realmente están celebrando muy dignísimamente en Cataluña. Y es que su 11 de septiembre es lejos de lo que pueda creer el lector un espisodio bastante distante de lo que pueda creer el lector. Evidentemente el impacto mediático y visual, hacen que muchos se queden con los eslóganes nacionalistas, que le dan a la celebración un aspecto meramente patriotero. Cualquiera que no se haya introducido mínimamente en la historia de aquel día, pensará que los catalanes celebran o bien una independencia pasada, o la pérdida de ésta.

Yendo al grano, la celebración conmemora la caída de Barcelona a manos de las tropas borbónicas capitaneadas por Berwick. Además se destaca la famosa ofrenda floral en la estatua de un tal Rafael de Casanova, defensor de aquellos últimos momentos. Así contado, realmente parece un episodio bien sacado del arrebatamiento caprichoso de la libertad de Cataluña por parte de una fagocitadora España. Las cosas evidentemente no son ni por asomo del color con el que se pintan. Y es que la diada de Cataluña realmente no miente, pero los celebrantes sí. Aquí alejados de la panoplia mítica que todo nacionalismo necesita, no debería estar en tela de juicio el “sentimiento nacional catalán” -cosa ésta que sería discutible en otras fórmulas- sino simplemente un momento histórico, dónde Cataluña solamente decide erroneamente su futuro. Lo que se viste de nacionalismo, no es más que el final del absurdo posicionamiento catalán con el candidato surgido como pretendiente, contraviniendo el testamento de Carlos II.

Y es que algo se debe haber hecho mal en otra vida, para siendo un fervoroso partidario del Rey de España -en este caso el pretendiente-, acabar siendo el icono de adoración, del irredentismo español más casposo.

El proceso seguido para éste posicionamiento, no es más que la maliciosa intencionalidad de la nobleza catalana, que en vista de que el rio bajaba revuelto, aprovechó para intentar sacar la mejor tajada. Las potencias extranjeras como Inglaterra, Austria y Holanda, vieron el terreno abonado para lanzarse sobre España y desmembrarla definitivamente. Catalaluña eligió la excusa del Archiduque, y la guerra sobrevenida, evidenmente tuvo gravísimas consecuencias. Decir que la guerra de sucesión española fue de los conflictos más brutales que se recuerdan, y la primera de una extensión practicamente global. Librada en cualquier terreno posible, europa sufrió terribles batallas con el pretexto de que Carlos o Felipe, ciñeran la corona del otrora Imperio Español – o sus restos-. Una década de cruenta guerra dónde pudo pasar cualquier cosa. De hecho en los primeros años, pocos daban un “real” por el candidato legítimo(Felipe de Anjou).

Mapa de la Guerra de Sucesión en España. Nótese las correrías del pretendiente Archiduque Carlos -Carlos III- que llegó a tomar Madrid. Su presencia fue meramente aragonesa, aun cuando se significaron poblaciones de este reino, en su apoyo al legítimo Felipe V.

Tal era la percepción de victoria inminente, que el Archiduque Carlos, tuvo la osadía de instalarse Corte incluída en la ciudad de Barcelona. Allí permaneció en espera del desfondamiento de la unidad borbónica de España y Francia. Despachando como Rey de España, y a la vez lanzando incursiones sobre Madrid -ciudad que llegó a tomar, pero dónde quedó conmocionado por el frío recibimiento de la Villa y Corte- pasaron los años sin una solución permanente. La cosa es que como todo en la vida, nada permanece inmutable, y las lealtades fueron debilitándose al pronto que las naciones comprendieron que una guerra de ese calibre, jamás merecería los supuesto beneficios. Las esperanzas del Archiduque Carlos de 1702-10, se vieron comprometidas tras ésta segunda fecha. Inglaterra estaba cansada de vencer pero no finalizar, y comenzó a negociarse con Francia el retorno de la paz.

Las cosas del destino, hicieron que como en muchísimos aspectos de la vida, la elección inicial, jugase una mala pasada a los posicionamientos catalanes. Con la llegada de la nueva década(1710), los austracistas cada vez contaban con menos apoyos, y por contra los borbónicos, cada vez tenían las manos más libres para revertir la situación de guerra civil en las estaba sumida la nación española. El Archiduque Carlos llenaba de promesas a los catalanes, al mismo ritmo que su corte y pies, abandonaban lentamente y sin notarse, la otrora “Corte real de Barcelona”. Cuando los ingléses y holandeses dieron solamente medias garantías de que Cataluña obtendría protección, o algún trato ventajoso, Carlos ya no se pudo aguantar; se marchó dirección Austria para no volver. Allí dejó a su señora en plan de regente de no se qué, que el mismo ya materialmente ni se creía. Poco a poco se van gestando la necesidad de la Diada de Catalunya, en unos actos históricos cuando menos sorprendentes en su sentido real…

Rafael de Casanova, el Viriato del catalanismo.

Pero claro que se le había perdido en Barcelona a la buena de Isabel Cristina de Brunswick(esposa de Carlos), una cosa es poder ser reina y otra martir de una causa perdida. En 1713 partió dejando a los catalanes compuestos y sin reyes. Del mismo modo que un acierto suele tener premio, los errores también traen sus consecuencias, y lo normal habría sido que en vista de la “espantada” real, dejando expédita la elección catalana, se hubiera caminado por la paz. La cosa es que hablamos de Cataluña, y bien sabía que sus privilegios se podían ver alterados por su responsabilidad en las correrías de los austracistas por toda la península ibérica. Además, existían esperanzas en la política exterior, en cuanto a que los tories británicos -partidarios de la paz-, dejaran paso a los whigs, partidarios por contra de reanudar la guerra a cualquier precio. En definitiva, nuevamente una pésima elección.

Lámina del Sitio de Barcelona. Realmente la “lucha catalanista” no era tal. De no caer en manos borbónicas, los austracistas ya se frotaban las manos pues el Rey inglés, prometió levantar el cerco. Evidentemente no existía internet, y eso fue ocho días después de haber caído.

El nacionalismo catalán de hoy día, ha querido tendenciosamente ver en ésta supuesta obcecación, el surgimiento de un sentimiento nacional floreciente. Ni mucho menos. La cabezonería del abandonado y escurridizo Archiduque Carlos, que seguía prometiendo lo que no podía dar, sumado a la sola esperanza de una intervención extranjera, hicieron albergar que la cosa aún se podía arreglar. No iban en cierto modo descaminados, pues la España que resultaba para Felipe de Anjou, era un completo desbarajuste económico, militar y moral. Marchados los últimos ingléses las promesas por contra subsistían. Evidentemente Inglaterra tardó poco en cambiar Menorca, Gibraltar y su ansiado derecho al comercio con las Indias, por una promesa desmembradora de Cataluña de la que en definitiva poco provecho sacaría. Tal cosa hizo que los borbónicos comprendieran que había que acelerar la toma de Barcelona, para evitar con ello, el enardecimiento patriótico de ingléses y el renacer de su belicismo anti-hispánico. Asi se hizo.

Se avanzó por Cataluña sin demasiada oposición y se puso sitio a las murallas de Barcelona. En vista de no existir autoridad real ni corte alguna, la Generalidad optó por dar un paso al frente. Sirva de ejemplo de la situación interna, que a la llegada de los borbónicos al mando del Duque de Popolí, se produce la disparidad de que mientras la Generalidad pretende llegar a un arreglo, el Consejo de Brazos decide resistir en espera de la materialización de las promesas del Archiduque Carlos. Sea como fueren las cosas, los borbónicos no estaban en disposición de muchos alardes frente a las murallas barcelonesas, y por ello decidieron un sitio largo, alejándose de la idea de una sangrienta toma por asedio. En éstos durísimos días para Barcelona, aparecen múltiples personajes, todos austracistas, entre los que destacan principalmente Rafael de Casanova y el Mariscal Villarroel -éste borbónico despechado, hasta 1710-. Los manifiestos de aquellos hombres, dejan claro que de nacionalismo nada de nada, sino simple desesperación ante la derrota inevitable.

Rafael de Casanova, no era más que un buen barcelonés, como el título que de ciudadano honrado que el Archiduque Promesas le otorgó. Burgués acaudalado, tuvo a bien al menos, mantenerse firme en su creencia del candidato de Austria. Asi desaparecidos todos los representantes de su causa, decidió convertirse en valedor de sus derechos por el bien de Barcelona. Las normales defecciones del sitio barcelonés, lo fueron poniendo cada vez un paso más al frente en cuanto a su implicación histórica. Célebres son las correrías por la comarca, ordenadas en su mandato de “Conseller en cap”, causando verdaderos problemas a las filas borbónicas. Tal sería el cachondeo de sitio permeable, que al final apareció el Duque de Berwick en escena al mando de no menos veintemil franceses, soldados profesionales. Este bastante más profesional que Popolí, decidió hacer un verdadero cerco sobre Barcelona, excavando trincheras y abriendo galerías. Las horas de la Barcelona austracista, estaban contadas.

Y así figura Rafael de Casanova en su estutaua florada. Españolazo de pro, realista hasta decir basta. Buen eje trasmisor de la cabezonería del austriaco, al que Barcelona rinde pleitesía por ser tan buen servidor de su señor que no dudó en que Barcelona quedara desvastada además de ensangrentada. Realmente aceptaría vertebrar el nacionalismo catalán en la revuelta subsistencial de segadores y campesinos de 1640. Esta si trajo en jaque a España, pero paradójicamente acabaron entregando la nación catalana a Francia. Esto por contra es ciencia ficción.

Y evidentemente además del matiz de disputa de la corona española, además se suma otro factor en la lucha; el fervor religioso. El nacionalismo actual nada quiere ver en éstas realidades evidentes, y por contra quiere ver “nibelungos y arminios” nacionales. En la lucha desesperada, en Barcelona se excitó el celo religioso a límites insospechados. Constantes eran las narraciones de los milagros en favor de los combatientes asediados, generand en la muchedumbre la esperanza de estar del lado de Dios. Tal sería el paroxismo, que tras el paso atrás del “jefe del ejercito de Cataluña”, Villarroel, se decide nombrar a la Virgen de la Merced en tal puesto. Evidente manipulación desesperada en busca del rendimiento militar, de unas tropas populares que nada tenían ya que hacer frente a durísimos veteranos de Ramillies. Evidentemente por mucho que uno ponga a vírgenes al cargo de ejércitos, sin instrucción, pólvora y armas a raudales, las guerras no se ganan.

Tras decidirse Berwick a colocar las artellerías frente a las muros, comenzó el bombardeo de murallas y barriadas adyacentes. En poco tiempo las fortificaciones eran coladeros y era evidente que las tropas borbónicas franco-españolas, poco tardarían en recorrer las calles de la capital catalana. Llegados a este punto y como dato de favor en cuando a Rafael de Casanova, bien supo demostrar su valía. Combatió con lo que tuvo y pudo, hasta que la batalla de las murallas perdió sentido. Hombre inteligente, de estirpe comerciante, bien sabía las prácticas de la época caso de no lograr consensuar una rendición honrosa. Las tropas sitiadoras, mayormente un ejército absolutamente extranjero -francés-, bien gustarían de saquear en su beneficio todo cuando pudieran en su entrada desordenada por Barcelona. La ciudad ya había sufrido un duro castigo y estaba recorrida por el hambre. Comprendida esta situación se decidió nada más que seguir los dictados abandonistas del Archiduque Carlos.

Este que poseía nominalmente aun las bazas de las Baleares, incluida la Menorca británica, permitía la entrega de esos reinos, siempre que se resperan los fueros anteriores de estos territorios. Así la cosa al menos respetaba la caballerosidad; en dos palabras, la sangre que había corrido como siempre era la de los pobres, quedando la cosa a buenas entre los pudientes y oligarcas. La falsificación histórica a querido vertebrar estos combates en una lucha a muerte por las libertades catalanas. Evidentemente las pruebas al respecto son bien contrarias. Tanto Felipe V no eliminó los fueros de Cataluña, como que paradójicamente, ninguno de los responsables de aquella resistencia fueron “depurados”. Sirva de ejemplo que cada uno siguió en sus vidas y haciendas y que el propio Rafael de Casanova, que escaparía de Barcelona disfrazado de fraile, sería amnistiado a los cuatro años. Como botón de muestra de aquel 11 de septiembre, fecha de la caída y rendición de Barcelona, el testamento político del propio Conseller en Cap:

Ahora oíd, see hace saber a todos generalmente, de parte de los Tres Excelentísimos Comunes, tomado el parecer de los Señores de la Junta de Gobierno, personas asociadas, nobles, ciudadanos y oficiales de guerra, que separadamente están impidiendo que los enemigos se internen en la ciudad; atendiendo que la deplorable infelicidad de esta ciudad, en la que hoy reside la libertad de todo el Principado y de toda España, está expuesta al último extremo, de someterse a una entera esclavitud. Notifican, amonestan y exhortan, representando a Padres de la Patria que se afligen de la desgracia irreparable que amenaza el favor e injusto encono de las armas franco-españolas, hecha seria reflexión del estado en que los enemigos del Rey N.S., de nuestra libertad y Patria, están apostados ocupando todas las brechas, cortaduras, baluartes del Portal Nou, Sta. Clara, Llevant y Sta. Eulalia. Se hace saber, que si luego, inmediatamente de oído el presente pregón, todos los naturales, habitantes y demás gentes hábiles para las armas no se presentan en las plazas de Junqueras, Born y Plaza de Palacio, a fin de que unidamente con todos los Señores que representan los Comunes, se puedan rechazar los enemigos, haciendo el último esfuerzo, esperando que Dios misericordioso, mejorará la suerte. Se hace también saber, que siendo la esclavitud cierta y forzosa, en obligación de sus cargos, explican, declaran y protestan a los presentes, y dan testimonio a los venideros, de que han ejecutado las últimas exhortaciones y esfuerzos, protestando de todos los males, ruinas y desolaciones que sobrevengan a nuestra común y afligida Patria, y exterminio todos los honores y privilegios, quedando esclavos con los demás españoles engañados y todos en esclavitud del dominio francés; pero se confía, que todos como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la Libertad, acudirán a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España, y finalmente dicen y hacen saber, que si después de una hora de publicado el pregón, no comparece gente suficiente para ejecutar la ideada empresa, es forzoso, preciso y necesario hacer llamada y pedir capitulación a los enemigos, antes de llegar la noche, para no exponer a la más lamentable ruina de la Ciudad, para no exponerla a un saqueo general, profanación de los Santos Templos, y sacrificio de niños, mujeres y personas religiosas.

Y para que a todos sea generalmente notorio, que con voz alta, clara e inteligible sea publicado por todas las calles de la presente ciudad.
Dado en la casa de la Excelentísima Ciudad, residiendo en el Portal de S. Antonio, presentes los mencionados Excelentísimos Señores y personas asociadas, a 11 de Septiembre, a las 3 de la tarde, de 1714.

Evidentemente de textos asi, tan clarificadores, el actual nacionalismo catalán no quiere ni oir ni ver. Ellos silencian las abultadas y avasalladoras evidencias de la realidad vivida en aquellos días, mediante exabructos, falsedades, y el ensordecedor eco de muchedumbres manipuladas al canto de Els Segadors. El nacionalismo siempre necesita sus ídolos, sus mantras que repetir insistentes, para atontecer a la multitud desconocedora. De Cataluña decir que legítimo es su derecho a pensarse diferente -esa es otra discusión-, y por supuesto a revolcarse en la historia tal que quiera o convenga, pero cuando menos, el oficio no le permite a uno dejar pasar esta evidente “torcedura” de la historia, con fines ambiciosos y presentes. De la celebración del 11 de septiembre de 1714 en Cataluña, le pese a quién le pese, se está celebrando un episodio heróico más dentro de los episodios luctuoso de fraticidio ibérico.

Un Saludo.

Fíjense que gracia que ayer mientras paseaba escuché de nuevo esta coplilla; Mambrú se fue a la guerra. Llevaba años sin escucharla de labios de niños, y me hizo una ilusión enorme. De golpe me había retraído a mi propia niñez, y recordaba a mi madre, que me la cantaba conmigo sentado en sus rodillas con un peso y una edad más considerable de la que se pueda confesar. Con los años y los cuatro libros que tuve la suerte de poder aprender, pude averiguar de que iba el asunto del Mambrú éste tan penoso que se fue a la guerra y parecía que nunca volvería….

Y es que hablar de Mambrú no solo te arrastra a la niñez, sino que lo hace muchísimo más atrás, y que incluso cuando llegas a valorar de lo que están hablando, se te hace un tema muchísimo más fascinante. De mambrú decir que le ocurre lo que a muchísimas coplillas que han quedado desperdigadas en la tradición cultural; los años han rebajado su verdadera categoría, y al tiempo, se han convertido en mucho más infantiles e inocentes de lo que en su día fueron. Además, el Mambrú, nombre éste propio de un hechicero del Quijote, también disfruta de otro gusto hispánico; la trasformación de nombres extranjeros o difíciles de pronunciar, al castellano más popular. “Novalichis”-Novaliches, Doménikos Theotokópoulos-El Greco-, y el para mí el mejor de todos Amir al-mu’minin- directamente Miramamolín… Aquí no nos complicamos la vida. Mambrú es la deformación de un nombre de cantoso impronunciable; hablamos de John Churchill, primer duque de Marlborough.

 John Churchill -si piensa uted bien querido lector, si considera que el apellido le suena; Sir Wiston Churchill es descendiente de este rancio abolengo-. Nuestro protagonista, el I Duque de Malrborough.

Y es que querido lector la pronunciación de Marlborough, en castellano, es prácticamente pedir una cajetilla de tan populosa marca de tabacos -Marlboro incluso es la abreviación del dichoso apellido-, pero aquí somos asi y de Marlboro a Mambrú y no me diga usted por qué. La cosa es que los niños cantaban/amos, a un famosísimo general británico retrocediendo en el tiempo, a comienzos del siglo XVIII, y en el contexto de la larguísima y cruenta guerra de sucesión española. Estamos hablando exactamente del año 1709, cuando habían discurrido ocho años del comienzo de una de las guerras más severas y crueles que vio el mundo. En 1700 murió en España el último Austria, Carlos II, para la posteridad El Hechizado, quedando la sucesión al trono en un galimatías, donde el emparentamiento de prácticamente todas las familias reales europeas entre si, sumado al testamento del propio desdichado Rey en Felipe de Anjou -a la postre el primer Rey Borbón de España- condujo a aumentar las apetencias de rapiña sobre España.

La nueva familia real española al completo. Felipe V y su tan amada “La Saboyana”. Que proclives eran estos primeros borbónes a una depresión de faldas…

Todos pretendían algo y no en sí el trono. Cada potencia europea comprendía que España estaba sumida en su momento más crítico, y si bien la corona era un regalo menor, recoger despojos y prebendas del otrora poderoso Imperio Español, hacía la boca agua a más de uno. Así la excusa perfecta fue el acceso al trono del Anjou, que alimentó el sentimiento europeo de amenaza, al ser éste nieto del Rey Sol, Luís XIV. Una unión de la poderosa y militarizada Francia de entonces, con la decadente pero aún gigantesca España, despertaba enormes recelos. Y como siempre la Gran Bretaña supo gestionar para su beneficio la cuestión. Las bases del futuro Imperio victoriano británico y la supremacía europea por dos siglos, se cimentan en base al asunto que hoy tratamos. Mambrú fue un general británico excepcional, de corte mágico diríamos. Su nombre se gestó en la campaña del Rhin y del Flandes Español a fuerza de ser un precursor de lo que un siglo después vendría a ser el propio Napoleón.

Dos hombres y un destino; ceñirse la corona de España. A la izquierda Felipe V -a la postre vencedor-, a la derecha el aspirante Archiduque Carlos de Austria. El segundo se consideró Rey de España casi una década, y llegó a establecer su corte en la siempre Muy Leal Cataluña…

Mambrú era un general agresivo y decidido, que evidentemente zurró bien fuerte la badana a los franceses. Estos por la cercanía familiar del abuelo Luís, con el nieto Felipe, combatían aliados a España y junto con Baviera, para mantener vigente la ilusión del Rey Sol; “entre España y Francia yo no hay pirineos” -franca declaración de intenciones. La cosa es que en base a sufrir derrota tras derrota frente al general Marlborough-Mambrú, los franceses le comenzaron a dar ese plus mágico, que en la historio hizo más generales a los militares. Ellos mismos ya se sentían incapaces de su derrota, y si bien la guerra era de idas y venidas, y suertes dispares según la zona del frente que habláramos, en Alemania y Flandes, la lluvia de tortas estaba garantizada. Ejército francés que iba, ejército francés que no volvía. Y así discurría la cosa hasta el día 11 de septiembre de 1709, en que nuevamente parecía que se produciría lo habitual en la zona; ésta vez sería en Malplaquet, la Batalla de Malplaquet.

Mambrú despachando. De él decían los franceses que era un prepotente y arrogante, poco a dado a ensuciarse en el barro y la sangre de las batallas. Bueno, tenía motivos, al igual que los franceses de “hacerle el traje”.

De Malplaquet decir primeramente, que no se ilusionen los adictos a la anti-causa de la “Pérfida Albión”. Nuevamente venció Mambrú, para que cambiar a estas alturas. Otra cosa es que en aquel campo de batalla, las cosas ya no fueran igual que en otras confrontaciones anteriores. Que fue una batalla durísima -de los datos que se extraen, la extensión del frente; kilómetros, las idas y venidas, y de la duración de la misma, nadie lo puede dudar, y que el ejército francés vendió carísima su derrota. Lejos de un enfrentamiento de la época -formaciones lineales y paralelas, fuego graneado de artillería sobre las cabezas, descargas de fusilería a “bocajarro” y caballería jodiendo por los flancos-, dónde uno de los dos contendientes al poco se acojonaba y en su carrera desordenada era cuando sufría la verdadera carnicería, Malplaquet acabó convertido en horas y horas de un desaforado y desordenado cuerpo a cuerpo más propio de navajeros que de generales.

La Batalla de Malplaquet. Triste pensar que la inocencia infantil de la canción, se fundamenta en ésta dramática estampa.

Lo bueno de ser tantas veces derrotados por el mismo general -Mambrú en este caso-, es que su nivel de exigencia debe ir aumentando día a día, al mismo ritmo que su fama mítica. Que no se vería en aquel campo de muerte, desolación y destrucción, para que los acostumbrados franceses a la derrota, salieran de allí contentos y cantando. Y es que el Mambrú se fue a la guerra, que dolor que dolor que pena, y las referencias a las festividades que éste se está perdiendo, no son más que los cánticos de las tropas francesas tras su propia derrota de Malplaquet. Los franceses pensaron que el propio Marlborough había muerto en la crudeza de aquella batalla, y como tal cantando lo celebraban. Desde luego no estaban demasiado descaminados. Malplaquet supuso la victoria sobre el campo de los ingleses de Mambrú, pero su ejército quedó tan tocado de aquella matanza, que no tuvo capacidad de aprovechar su innegable victoria sobre los franceses; ni en los días sucesivos, ni en el resto de la guerra.

El derrotado de Malplaquet, Claude de Villars, dirigiendo sus tropas en Denain…

Mambrú se fue a la guerra, es la canción que prácticamente ponía fin a la cruenta guerra. La media victoria o medio derrota francesa de Malplaquet, dejaba a los contendientes exhaustos. Francia e Inglaterra estaban hastiadas de guerra, y además, el frente español peninsular, se había convertido en un gran quebradero de cabeza para la alianza anti-borbónica. Aquí las derrotas se sucedían pero del lado británico, holandés y austriaco. No se que tiene España y los españoles, que digan lo que digan, a la postre, ni se le tocan los reyes ni se le pisan las tomateras; todo el que entra, sale trasquilado, ya sea moro, coaligados, francés o español si cabe… La cosa es que ya el pensamiento dejó de ser para todos optimista, y de pronto todos se acordaron que lo mejor era comenzar a gestar la paz. Los franceses supervivientes del infierno de Malplaquet, volvían del frente cantando; Marlbrough s’en va t’en guerre,…

La Batalla de Almansa. Mientras el mundo seguía las legendarias correrías de Mambrú, España trataba de recobrar su independencia y soberanía en una sangrienta guerra peninsular, prácticamente civil.

Y por supuesto el sentimiento atroz de una guerra, tiene aspecto deplorables, pero también bonitos detalles. Mambrú se fue a la guerra es una canción francesa de combatiente, pero que se extendió como la pólvora que paradójicamente se había disparado. Al final de la guerra prácticamente todos la cantaban, cada uno con su matiz victorioso, ya fueran franceses que ingleses, alemanes o españoles. Con los años la cosa pasó de las armas a los juegos infantiles, en una trasformación de lo más sorprendente y gratificante; ahora son las niñas las que ríen sin saber de Malplaquet, de Marlborough o porque no decirlo, del “derrotado” Claude de Villars…

Un Saludo.

Ayer se conmemoraba el fasto de la constitución de Cádiz de 1812, también llamada la “Pepa”. Día de San José, la ciudad gaditana se ha volcado en el desarrollo de los actos de la que consideramos la primera constitución española. El año 2012 en adelante, estará trufado de referencias a dicha efeméride. Además de este hecho -ser la primera carta magna-, poco más se debería celebrar en torno a la tan castiza “Pepa”, pues al contrario de lo que parece -panacea de todos los momentos-, para nada fue una idea acertada.

Ole los héroes. España entera devastada, los franceses a poco de tomar hasta el último palmo de terreno, las colonias de américa sublevadas, y ellos aclamándose y erigiéndose como teóricos liberales. Que nos gusta en España una celebración…

Y es que en este nuestro país, se nota el déficit democrático, nada más que a la primera de cambio. Zarandear cualquier cosa que asome el olor de “democrático”, y ya de golpe, miles de palmeros. La celebración y los discursos, desbordan sobremanera la realidad histórica de lo que fue ésta constitución. Evidentemente a doscientos años del hecho histórico, a nadie le apetece valorar más allá y con capacidad crítica, lo que ya se ha establecido como una fecha más del santoral de la democracia.Casi pareciera que la constitución española marca un hito absoluto en la historia democrática del mundo, casi como lo hicieron en sentido y profundidad, la declaración de derechos del hombre en EEUU, o la Revolución Francesa. Por desgracia, la efeméride aquí jaleada, en el mejor de los casos, triste y pobre secuela de las anteriores. Por lo demás, apresurada en su redacción, en un tiempo que no correspondia, y para colmo de males, denotante de la fractura gravísima de la sociedad española, que a día de hoy, a duras penas se ha superado.

Evidentemente un rey nefasto Fernando VII, pero no por ello era el mejor momento para acabar con los cimientos de la nación y dedicarse a construir otra. Si bien el Rey jamás estuvo a la altura, la constitución de 1812 era una tomadura de pelo.

La verdad de la constitución de 1812, es que se basó en una redacción apresurada y en vista de la dramática situación que surgía en España tras el descalabro de la invasión francesa. Descabezada la nación por la omisión del nefasto Fernando VII, influenciada nuestra intelectualidad por las ideas de justo el invasor, nada más fue un “remake” nacionalista a la española, de lo que traía bajo el brazo Pepe Botella para España. Se ve que la cosa iba de Josés. Sólo imaginar la situación produce escalofríos. Ante la mayor amenaza que había sufrido la nación española a lo largo de su ya dilatada historia, desbaratada política, institucional y militarmente, desde la intelectualidad dominante se tiene la feliz idea de cambiar absolutamente el régimen por la base. Así debemos ser en España, nación de pasionales y radicales, que jamás aplica la máxima del mal menor. Que los franceses con su madamás más peligroso nos invade, ¡Qué mejor que dinamitar la nación por los cimientos y empezar la obra de nuevo!

Es sonrojante constatar como entre la “Pepa” y las ideas que trajo a España José I Bonaparte, haya muchísimas similitudes, salvadas por el ideal nacionalista español. Más aún saber que los que habían permitido la caída de la nación en las garras de Francia con su complacencia, ahora fabricaban un émulo engendroso para no ser llamados traidores por sus ideas “afrancesadas” a priori.

Evidentemente aunque los fastos y las sonrisas actuales, pretendan ocultarlo, la “Pepa” solo trajo por contra los resultados de su apresuramiento. Dígase de ella que solamente tenía -y tiene- la magia mítica que podrían tener hoy día palabras como “república”. Varias generaciones intelectuales coetaneas y posteriores, se basaron en la misma para hacerla soporte de todo quejido de los males de España, una ex-potencia en franca decadencia. Pareciera que la depresión imperial, la aniquilación de la idea de grandeza, sólo era soportable y asumible para por cierto, los que habían bien vivido el régimen antiguo, si existiera un sólo culpable -monarquía-, y por supuesto una receta bien escrita en papel; una constitución. Palabras como realizable, aplicable, necesaria o contraproducente, jamás se pasaron por la cabeza de sus redactores, fiel reflejo de la gallardía desesperada de una nación desvencijada. Con la nación rendida a los pies del Imperio francés, fácil era para los exiliados reunidos en torno a Cádiz, soñar en convertirse en “pelayos” democráticos, redentores de una España que había dejado de pertenecerles. Francamente su influencia en la campaña militar, y el calado hacia la población fue mínimo. Le pese a quién le pese, no fue la “Pepa” la que nos liberó, sino motines como el Dos de Mayo -paradojicamente reacción visceral de la población, en favor del último reducto de nuestra monarquí absoluta, manda bemoles…-, batallas como Bailén, la resistencia a ultranza del pueblo español, y como no, la inestimable y sufrida colaboración de la monarquía inglesa de Jorge III.

Evidentemente la idea inglesa de la democracia no tiene muchos adeptos entre los españoles. Gentes tremendistas, como aceptar un modelo de acceso a la democracia, progresivo y de madurez. Sin sangre no hay paraiso.

Por contra sus defectos si se hicieron visibles al poco. En primer lugar inservible y onírica, fue por contra la gasolina que incendió la complicada situación americana. Cualquier movimiento de Juntas de gobierno ocurrido en américa, se basaba siempre en la autoridad reconocible o no, del Rey Fernando. La llegada a américa de tamaño texto, condujo a extremizar las posiciones, en vista del cariz desposeido y revolucionario, que tomaban las cosas en la metropoli. Quede claro que de no existir tamaño error, las cosas en américa habrían sucedido de un modo diferente. Para colmo de males, los inventores del asunto, habían traído a España ideales de salón, pero que ni mucho menos estaban ni mínimamente madurados para ser aplicados en una sociedad que se jactaba de su servilismo al grito de “Vivan las cadenas”. En España los asuntos liberales no habían ni sido concebidos, y  de repente, acaeció la libertad. Es paradójico, que la mayoria de ilustrados redactores de la misma, que habían convivido perfectamente con el abolutismo de los Carlos, de repente tenían un sarampión liberal.

Los Cien Mil Hijos de San Luís, cruzan el Bidasoa para acabar con el Trienio Liberal. Paradójico que nuevamente y en menos de diez años, el ejército francés tomara parte en la configuración política de España.

Evidentemente la derrota militar francesa, sumada al masivo apoyo popular a un Rey Fernando conocido popularmente como “el deseado”, convirtió a la “Pepa” en papel mojado y sueño de una mala digestión de aristócratas en cierto modo afrancesados. Al poco retornó el absolutismo, pero traspasado por el ideal mágico de la posible libertad a merced de un papel. Si antes no se había tenido la sensibilidad de comprender que con la nación acribillada por Francia, no era momento de alardes, ahora mucho menos se iba a captar que no era momento de romper las cadenas a quién parecía no dispuesto. La “Pepa” siguió haciendo de las suyas, y del mismo modo que de espaldas a España no hacía muchas fechas, hacia 1820 y con el levantamiento de Riego -con el ejército que habría puesto orden en la sublevación americana- saltó a escena como solución de todos los males de la nación. Trienio liberal se llamó, un periodo de asonadas “revo y contras”, que agotó su tiempo a mercer nuevamente de los franceses y de la invasión de los cien mil hijos de San Luís.

El famosísimo abrazo de Vergara que sellaba la primera de las tres guerras carlistas. Cualquier excusa era buena para demostrar el odio hacia la otra parte de entender España.

A raiz de su nuevo ostracismo, aun revolvió más. Ser tan mágica es lo que tiene. Todo movimiento posterior durante el siglo XIX se inspiro o bien en ella o contra ella. Ilusión como ella sola, canto de idealistas, fracturó para siempre a la sociedad española en el absurdo y luctuoso juego de los “liberales” y los “absolutistas”, que mucho hay de ámbos en los dos frentes, por cierto. Jamás fue la propia evolución de la sociedad -como sería el caso de la progresiva democracia inglesa- la que condujo a su necesidad, sino el juego aristócrata y burgués de hacerse con el control de los resortes del poder. El liberalismo que algunos le atribuyen, como capa que todo lo tapa, no es más cinismo. La “Pepa” además de irresoluta para solucionar los problemas de una sociedad, solo condujo a enfrentar y no a confrontar. Por si fuera poco, muchísima sangre se vertió por la misma en el enfrentamiento de un burdo ideal, juego de niños bien y mejor leídos, que como estúpidos solamente vieron en ella el bálsamo de fierabrás que la nación necesitaba.

Duelo a Garrotazos de Francisco de Goya. Pintado durante el Trienio liberal, bien sabía el genial aragonés, lo que había acaecido sobre España. Lejos de fórmula mágica, la “Pepa” había abierto el camino para el enfrentamiento brutal entre hermanos que daría tantas oscuras jornadas a las historia española.

La constitución de 1812 no es más que un fracaso monumental. Su recuerdo no debería haber sido establecido como pseudo fiesta nacional, y no haber pasado de un par de conferencias lógicas y discusiones de aspectos legales. Gracias “Pepa” por haber acabado con el vínculo americano, el enfrentamiento entre liberales y conservadores, las guerras carlistas, la guerra civil del 36, el complejo intestino nacional y un largo etcétera… Por favor no vuelva.

Un Saludo.

Hoy la verdad que tenemos motivos para felicitarnos. Finalmente la última instancia jurídica en los Estados Unidos de América, acabó por negar la razón a la empresa de neo-pirateria y expolio de pecios, Odyssey Marine Exploration, en el caso de la fragata española Nuestra Señora de las Mercedes. En si no se trata de la titularidad ni cuantía del “tesoro” en litigio, sino unicamente de una victoria moral frente al expolio, y de de marcado carácter internacional.

Y es que con la iglesia habíamos topado. El hallazgo silencioso de las 500.000 monedas de oro y plata que se encontraban en sus bodegas, acompañó al traslado contrabandista a la no menos Gibraltar. Allí, ésta colonia de prácticas más que dudosas, colaboró alborozada al expolio, mediante el traslado del “tesoro” en avión con destino los EEUU; todo fuera antes que no cayera en manos del “imperio español”. Manda bemoles. Y lo peor de todo, parecía que les iba a salir bien. La cosa es que Odyssey, además de un expolio desvergonzado, ha cometido un error estratégico gravísimo. Por supuesto que llevó el “tesoro” también al mundo anglosajón, dónde pensaría que al igual que en el “chiringuito” gibraltareño, las cosas sucederían geniales para sus intereses, debido a los anacronismo históricos y leyendas negras, que tan adictos son los hijos y bastardos de Trafalgar Square. Craso error; si algo tienen claro los Estados Unidos, es que ésta cuestión podía unicamente perjudicarles.

Gran éxito el del estado español, al poner al frente de la demanda al abogado norteamericano James Goold -en la imagen-. Gracias a su trabajo, se ha conseguido poner fin al expolio desvergonzado de navio de guerra español. Ahor el tesoro sin posibilidad de recurso, deberá ser devuelto a España. A ver que traman, dudo mucho que lo entreguen sin más.

Y es que si algo abunda en los Estados Unidos de América, son restos de guerras pasadas, y al igual que la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, también tienen estos forjadas sus leyendas bélicas en barcos de su flota hundidos o naufragados. Nada peor para sus intereses y ceremoniales militares, que cualquier tumba sumergida de su marina, siendo visitada por avariciosos curiosos. Instancia tras instancia, los intereses de Odyssey, se han visto afeados, por el hecho de poder sentar un precedente poco halagueño en los mismos EEUU. Ayer día 31 de Enero de 2012 definitivamente recibían el aldabonazo las pretensiones españolas, y el “tesoro”, deberá ser devuelto en los próximas diez días a la nación propietaria de la fragata en cuestión. Esperemos que esta satisfactoria noticia, aleje de una vez y por todas, las actividades de empresas piratas dedicadas a expoliar restos de naufragios, sin importarles un bledo, que allí murieron y allí descansan marineros de naciones soberanas.

El famoso barco pirata Odyssey. Ahora ya no se estilan patas de palo, loros en hombros, ni tibias y calaveras. Ahora actuan de amarillo y blanco y con base expoliadora en Gibraltar. Bueno esto último si es costumbre histórica.

Una misma fragata, dos veces pirateada….

La fragata Nuestra señora de las Mercedes, no tuvo una vida demasiado afortunada. Era de las “habaneras”, en un tiempo de reconstrucción naval, donde nuestros navíos eran o bien ferrolanos, cartageneros o habaneros en su mayoría. No era sin duda de los mayores navios de nuestra flota, que aún con gravísimas deficiencias logísticas, debidas a la decadencia superlativa, combinaba grandes navós como el Santísima Trinidad -el mayor y más artillado de su época- con rápidas fragatas como pudiera ser la propia Mercedes. No poseía un historial de acciones cargado de renombre, y justo estaba dedicado a misiones secundarias o de mero acompañamiento. El día de su hundimiento, el 5 de octubre de 1804, estaba empeñada en el traslado de caudales, personas y bienes comerciales, entre Callao(Virreinato del Perú) y Cádiz. Partió para la etapa final desde Montevideo, acompañada de las también fragatas Medea, Clara y Fama. Eran tiempos de paz y aquel día sería el último que viera amanecer.

Y siempre la misma motivación para ingléses y piratas; bueno es lo mismo. El oro. En la imagen reales de Carlos IV, como los que permanecían en las bodegas sumergidas de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes.

Los británicos han sido siempre fieles recordadores de cuando sufrían una canallada, pero no lo son tanto cuando son ellos los hacedores. En antesala de lo que sería la Batalla de Trafalgar -que habría de suceder un año después-, éstos deciden tomar ventaja en una posible guerra en ciernes, y deciden sin mediar declaración de guerra, enviar una escuadra al mando de Graham Moore. Ésta de similares características a la española juega con la ventaja de la sorpresa. Amaneciendo el infausto día 5 de octubre de 1804, frente a las costas del Algarve portugués, la escuadra española avistó a la similar inglesa que ganado el barlovento, se dirigía firme y veloz hacia ella. Evidentemente aunque las flotas eran muy similares, no así su configuración, pues los ingléses traían barcos de guerra y corso, sin embargo los españoles barcos mixtos. Imaginen las cubiertas de uno y otro, con experimentados marinos y artilleros en la británica, y escasos marinos e infantes en la española, a cambio de familiares, niños y mercaderías.

Imagen del fatal momento de la explosión de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes que la partió por la mitad. Obsérvese que elegí el cuadro británico de la “gesta”, donde ni pueden ocultar la vergonzosa distancia a la que la acribillaron.

Como en España bian sabíamos como las gastaban los ingléses, ya fuera bajo banera de piratería que la la propia de su nación, los españoles se preveyeron como pudieron para un combate inminente. En sus posiciones, los ingléses alcanzaron los navíos españoles, que aparte del evidente acto ilegal y pirata, que iban a sufrir, todavía habrían de vivir otro episodio más de sumada infamia. En la altura de los navios españoles, el inglés, decidió arriar bandera de parlamento… La cosa es que su diálogo no debía ser demasiado sincero, pues al ver que su lancha de parlamento costaba de llegar a los navíos españoles, decidió interrumpir la no iniciada conversación, mediante un polvorazo de aviso. Acto seguido el lanchón retrocedió hacia la flota inglesa, y ante la mirada cariacontecida de los sorprendidos españoles, los ingléses iniciaron el bombardeo atroz a distancia de practicamente “tocapelones”. Nada había que hacer, familias huyendo de las cubiertas y tratando de defender un fuego que nunca debió empezar.

Dos o tres andanadas británicas y la batalla estaba acabada, pues para sorpresa de españoles e ingléses, la propia Nuestra Señora de las Mercedes, era alcanzada en la Santa Bárbara. Con los pañoles incenciados, tardo bien poco en saltar por los aires estruendosamente. De golpe el mar se tragaba a su tripulación y pasaje, de la que solo consiguieron sobrevivir 41 personas. La batalla injusta y desigual quedaba vista para sentencia. El resto de fragatas acompañantes de la malograda Mercedes, trataba de huir como fuera de un final como el contemplado hacía pocos segundos. Imaginen la impresión que tuvo que sufrir el ilustre cordobés Diego de Alvear, que viajando con su mujer y ocho hijos, vio desde la Medea -donde se había trasladado para el combate junto con su hijo mayor cadete- como saltaba por los aires llevándose consigo la vida de su esposa y siete hijos; y entonces Spielberg ni idea tenía de un drama como Salvar al Soldado Ryan…

El acto canalla del hundimiento de la fragata Mercedes sin declaración alguna de guerra, condujo a España a un espisodio mayor y aún más trágico. La desastrosa Batalla de Trafalgar. En la imagen la mayor pérdida de aquel día que se aproximaba con la provocación intolerable; el Navio de Guerra Santísima Trinidad y sus famosísimos y únicos cuatro puentes.

El brigadier Bustamante -al mando de la flota española- comprendió lo desigual del combate y la responsabilidad de las vidas de inocentes que se perderían de prolongar tal agonía. A mediodia todo había terminado con un balance desastroso. Una fragata perdida -Mercedes-, tres capturadas -Medea, Clara y Fama- y la luctuosa cifra de 269 muertos y 80 heridos. Por parte inglesa las cífras denotan lo canalla y poco labrado de su repugante victoria; 2 muertos y 7 heridos; seguramente aunque está sin confirmar, de bochorno y verguenza.Este “golpe de mano” inglés les produjo una victoria moral, y además el pretexto necesario para una confrontación mucho más extensa; España evidentemente declaró la guerra, con las consecuencias consabidas que un año después trajo el desastre de la Batalla de Trafalgar. Evidentemente Inglaterra sabía la fechoría que había cometido, y tratando de aparentar esa “caballerosidad” británica que no es más que una gran operación de marketing, compensó el robo mediante indemnizaciones. Evidentemente a los muertos poco les importaba.

En base a esta triste historia, de ahí la alegría que me causa la noticia de esta única victoria de la malograda Nuestra Señora de las Mercédes. Puede presumir de ser el único navio de guerra que saqueado en dos ocasiones por la injusta avaricia, y que sin ganar batalla naval alguna, venció a los piratas que pretendieron asaltarla sin usar la fuerza de sus 34 cañones. Y lo mejor, desde el fondo del mar. Descanse en paz de una vez allí en la punta de Santa María.

Un Saludo.

Asi luce en la sala de trofeos bética la liga 34/35 de la que es poseedor el Real Betis Balompié. No es el original que los jugadores alzaron, pues éste se encuentra en Bilbao, a cuyo equipo -Athletic- pertenece en propiedad.

El Real Betis Balompié se encuentra en el selecto grupo de equipos vencedores de la liga española. Sólo nueve equipos han logrado como mínimo alguna vez vencer este torneo(Real Madrid, FC Barcelona, Atlético de Madrid, Athletic de Bilbao, Valencia, Real Sociedad, Sevilla y Betis). El trofeo que os muestro, acredita dicha inclusión en ese grupo. Ocurrió en 1935, un 28 de Abril, cuando el Betis venció a domicilio al Racing de Santander por 0-5.

Esta fue la mágica alineación que venció por 0-5 en Santander y que logró el más preciado título del beticismo.

Aquel equipo no estaba confeccionado para luchar por la victoria liguera, sino para una permanencia más o menos acomodada, pero el buen hacer del grupo, dirigidos por el entrenador Patrick O’Connell, hizo que jornada tras jornada se mantuviera arriba postulándose al título, contra todo pronóstico. Finalmente aquel día, merced al vapuleante triunfo sobre el Racing de Santander, consiguió escribir su nombre en la gloria futbolística.

Recepción bética en el ayuntamiento de Sevilla, tras la consecución del título liguero.

Sevilla se encontraba en Feria, y aunque festejados, el fútbol aún no movía ni el dinero ni las masas de hoy día. No obstante se dieron el lujo de pasear por la ciudad en coche de caballos, como auténtidos vencedores romanos. El grupo de campeones, no pudo reeditarse, pues un año después la guerra civil española comenzaba, con catastróficas consecuancias para el equipo bético. Moría un equipo que apuntaba para los grandes, nacía la leyenda del Manque Pierda… Pero eso es otra historia.

Un Saludo.

Hoy me gustaría comentar algo sobre Isabel I de Inglaterra. Realmente es un personaje absolutamente fascinante, cimentadora del poderío británico futuro, y que no lo tuvo nada fácil. Cualquier aspecto de su vida supondrían cientos de lineas y consideraciones, pues le tocó ser Rey de hombres dentro de un cuerpo de mujer. La historia juzga aspectos genéricos, y en el caso de Isabel de Inglaterra, nos pinta un retrato absolutamente feroz. Hoy me dedicaré en su episodio más genuinamente femenino; su relacción con el Conde de Essex.

Hablar de Isabel de Inglaterra sentimentalmente, parece raudo difícil. La propia reina, se ocupó con gran dedicación, a tejerse la fama de ser asexuado -“casada con Inglaterra”-, que para nada podían preocupar las cuestiones de alcoba; considerada “la reina virgen” en un manipulador retrato popular emanado como no de la propia corona ceñida, sin embargo muchos fueron sus amantes. De todos, uno brilla con luz propia, tanto en años como en influencia. No es otro que el conde de Essex, Robert Devereux.  El conde de Essex tenía todo lo necesario. Realmente sus cualidades difícilmente pasarían desapercibidas para la reina Isabel de Inglaterra. Era jóven, noble, culto, ambicioso, buen militar, y ante todo bastante arrogante. Tras despuntar en el ejército, un jovencísimo Robert Devereux entró en la corte. Quizás no habría pasado de ser un conde más en la abultadísima corte, pero en esos avatares y vueltas del destino, su padrastro Robert Dudley, era valido real y además se le había adelantado en la tarea de quitarle el buen nombre a la “virginidad” regia.

Los triángulos amorosos de ésta índole, suelen ser afectivamente muy satisfactorios; nadie negará que amar al padre, y cambiarlo por el hijastro de 20 años no tiene su morbo. Fuera como fuera, Isabel una sexagenaria, y Robert Devereux un veinteañero, vivieron una doble relación. De un lado el divertido amor que la fascinante personalidad de Robert despertaba en Isabel, sumado además a la sensación materna que este socavón de edad provocaba; de otro lado, el aldabonazo que el jóven conde de Essex necesitaba; una reina enamorada. No dude el lector que aún cuando la fama de cruel, fría y despiadada, antecede a Isabel de Inglaterra, ésta era una persona en definitiva como todas. La circunstancias de la vida -no todo el mundo tiene en (¿mala?)suerte a Enrique VIII como padre-, guiaron su resultado, pero finalmente como el peor de los tiranos, también necesitaba del amor. Robert Devereux solo tenía cualidades para llenar sus ojos y su corazón; su juventud y vitalidad a rebosar, pronto desarbolaron la frialdad de la reina. Era su juguete mimado.

Retrato de familia ordenado por Isabel de Inglaterra y presidido por Enrique VIII, de Lucas de Heere. Obsérvese el matiz de propaganda en la pintura, al incluir al lado de su cuñado Felipe II y traido del brazo a Marte -Dios de la Guerra-. Por contra traído del suyo -Isabel I- la Paz y amornía -obsérvese las armas pisadas por esta- Y luego nos quejamos de la manipulación hoy en día…

Robert Devereux comenzó a acompañar en sus tristes noches a la reina virgen. Acosada Isabel de pelotas y temerosos, al fín un hombre tiene el desdén de mirarla directamente a los ojos y sin temor alguno atreverse a conquistarla. No es poco. Ella vieja, cruel, calva y muy poderosa; el alto, guapo, inteligente, arrojado, pero en definitiva un simple vasallo. La tragedia empieza a tejerse.  Ámbos tienen lo que el otro carece. A Devereux lo adora el pueblo y el ejército, por contra la reina tiene agotada al pueblo. Realmente ella ríe con él. Le encanta estar con él. Para Isabel, último hombre en pie. Lejos de llegar a colmarlo de bienes y prebendas como haría con cualquier amante pasado, es realmente la única fórma que tiene de poseerlo, pues poderosa sin límite, no puede retener a un hombre tan ambicioso e impetuoso como su jóven amante. Realmente todo hubiera debido de funcionar, pues la relación en teoría encajaba como un puzzle; poder vs amor, amor vs poder. El problema es que en esta ecuación fallaba algo; Isabel estaba enamoradísima y Robert por contra, vivía el peligroso juego de amar y odiar a la misma vez.

Hacia 1589 llegó el primero de los arrebatos de Robert Devereux que disgustó a su enamoradísima reina; sin mediar palabra con ella, el conde de Essex se dejó llevar en la respuesta británica a la “Armada Invencible”. Embarcó para esta operación militar contra España, dejando a su reina tristemente sola. Por si fuera poco, la empresa retornó a las islas británicas con un costosísimo fracaso en sus espaldas. Para Isabel había dos cosas imperdonables; su corazón roto y que algo le costara el dinero. Esta campaña se tradujo en ámbos resultados. Este primer episodio en desamor, debería para ámbos haber marcado el final de la relación, pero es lo que tienen los amores extremizados; ni contigo ni sin tí. Robert abrió una peligrosa via en la reina, al comprobar que todo su poderío y disgusto, se disolvía como un azucarillo en agua, en el terreno del cara a cara. Aún cuando la reina estaba disgustadísima, fue retornar aquel que la agradaba, y se fue remansando y desacalorando. Se abría la peligrosa tónica que todo mal amor tiene; poder superar lo insuperable.

Aún indirectamente, Felipe II fue a turbar la paz de dos enamorados. Dos “huidas” de Robert Devereux en busca de fama y aventuras, se vieron truncadas por la “obstinación” española.

De nuevo la felicidad retornó a Isabel y con ello el odio de su ambicioso amante. Las ganas de desquite llevaron al conde de Essex a embarcarse en una nueva aventura. Esta vez sería en Francia y también frente a los españoles. Aún cuando la reina no quería desprenderse de su media naranja, Enrique IV de Francia solicitó el apoyo inglés y que la comandancia de los ejércitos recayera en Robert Devereux. Ella lo dejó partir a sabiendas de que no era hombre de obediencias en aspectos de ambición. De nuevo sería el infortunio en la misión, el que dejaría al jóven Robert destapado en sus verguenzas. Los españoles parecían empecinarse en no darle la satisfacción a la reina que su enamorado cuerpo necesitaba. Enfangado en una desagradable campaña sin resultado, Robert Devereux se impacientó, volviendo a Inglaterra sin resultados y casi porque le da la gana. Se embarcó y apareció por Londres sin más, dejando a la reina alucinada. Así era Robert, más chulo que un ocho.

El potro ya se había mostrado como tal, y la reina por cierto, lo había aceptado. Robert Devereux en el pecado tenía la penitencia. Su arrogancia y capacidad de someter a la reina, eran a la vez impetuosidad y arrogancia desmedida. En los siguientes años -tras la “espantá” de Francia-, fueron los mejores para el conde Essex, y se podría decir que hasta para la relación. La reina había superado dos crísis de confianza, y Robert Devereux veía colmadas sus ambiciones;  La edad no perdonaba al grupo político de la reina e iban cayendo. Ahora además de amante, Essex se configuraba como consejero de estado. En 1596 bastante influyente, consiguió de Isabel, el permiso para irse nuevamente de aventuras. Esta vez si tendría mejor suerte. La expedición fue Cádiz, donde logró penetrar en el puerto y aniquilar los barcos allí situados. Robert Devereux consiguió por fín el éxito militar que estaba anhelando, ¿que más podía pedir? El problema vino en que no respondió a la otra máxima de la compleja Isabel; el pecunio. La expedición aunque resonante, no había traído el mínimo beneficio al tesoro particular de la reina.

Tal fue la sensación, que Isabel -seguramente envidiosa de la fama popular adquirida por su amante, jóven y guapo, en su regreso-, se dedicó a ningunear el éxito a todas luces de la operación, dejándola en la corte, simplemente en “gestita”. Eso fue demasiado para la arrogancia de Robert Devereux; sorprendido con Isabel, éste reprochó su escaso júbilo a su regreso en público. Vencer de esta manera y encontrarte esto, es demasiado para el ego masculino. Y esto fue demasiado para ella. Realmente la cosa no es más que la dinámica propia de dos enamorados -en este caso contrantura-, ella veía en el poder de Essex, decrecer el suyo, y por ende, la única herramienta con que ella sabía que podría mantener a su enamorado a su lado. Isabel sabía que su belleza con Robert Devereux, no era otra que su inagotable poder. Este jamás habría de decrecer. Pero el conde de Essex borracho de éxito, osaba contestarle en público, erigido en rey, puesto en pie de igualdad.

Zurbarán. Defensa de Cádiz. Aunque este hecho retratado ocurrió en 1625, nos sirve para retratar como sería el único éxito certero de Robert Devereux al mando de una expedición, en este caso en 1596. Vaya fijación británica con Cádiz. Accedió Essex al éxito popular, pero solo desató celos en su reina amada. La maldición de Cádiz…

La reina sabía que de mantener los caprichos a su querido Essex, su poder ante los demás finalmente mermaría. Que disyuntiva, o amante o reino… Aquí es donde se produce el lento pero estrepitoso hundimiento de Robert Devereux; reunido el consejo de estado, se discutía la entrada en el mismo de un nuevo miembro. Isabel y Robert defendiendo distintos candidatos. En la oratoria, el conde de Essex ve que la reina pasa olímpicamente de él -lo que debe descuadrarle cuando a la noche bien loquita que estaba-, a lo que responde con un gesto típico de patoso en amor…Da la espalda a la reina. Si tú no me esuchas, yo no te escucho, sin más. Isabel que enamorada pero finalmente reina, tuvo para la historia una reacción maternal muy propio de su edad y de la su caprichoso e infuloso amante; gritó cansada de su descontrolado “novio”; ¡¡¡Hazte ahorcar!!! y además retorciéndole la oreja. Robert Devereux se fajó de ella y desenvainó su espada, teniendo que intervenir los allí presentes para que no le quitara la vida.

Realmente el hecho de que no lo hubiera ahoracado ese mismo día, me demuestra que ella lo seguía queriendo profundamente, pero él, que no la quería tanto, no podía concebir que esas maneras no eran propias delante de una reina, te acuestes con ella o no. El jóven Devereux se había convertido en un engreído que causaba más problemas que ventajas. Pero lindos problemas para le reina. Un tiempecito apartado de la corte, reflexión de pareja, y al poco, cuatro carantoñas y vuelta al peligroso juego. Realmente llegados a este punto, sentimentalmente Isabel lo era todo y Robert ya no era nada. Ella amaba, si cabe más ,y el por contra ya solamente la odiaba y se asqueaba con ella. El hizo por el acercamiento nuevamente, ante la perspectiva de una nueva aventura financiada por la reina; los irlandeses al mando del conde Tyrone, habían vencido al ejército inglés y Essex vió la oportunidad de acrecentar su fama y además volver a meter a la reina en un bolsillo.

Irlanda le pareció a Robert Devereux un destino fácil, una misión donde conseguir de un plumazo todas sus aspiraciones. Por contra se habría de convertir en su “Vietnam” particular, Partió con la promesa de someter a Tyrone, pero al poco de llegar comprendió que la guerra sería durísima y que sus posibilidades serían mínimas. Hombre nacido para la victoria, éstas coyunturas no le iban, y lejos de copiar sus “hazañas”, cuando eran los españoles los que se ponían de punta, ahora decidió dar un paso más. No pegó la espantada por respuesta como en el pasado, sino que fue a pactar directamente con Tyrone como si de un rey se tratara, y sin esperar orden alguna de gobierno inglés. Evidentemente el irlandés comprendió que era una ocasión perfecta para ver a los ingleses embarcar y que los dejaran en paz, y por tanto firmó. Esta firma a la vez de acabar con una guerra comenzaba otra, pues era el acta de defunción del propio Essex. Al llegar las noticias a Lóndres, el pacto fue tomado practicamente como una locura o traición.

Retrato de Robert Devereux, Conde de Essex. El apuesto pelirrojo que consiguió enamorar a Isabel de Inglaterra.

Aquí la historia nos deja un episodio de lo más conmovedor, pues Essex que no departía con nadie más que con Isabel, se dirigió directamente a palacio y allí entró sucio y maloliente -seguramente para conmover a la arpía de su reina-, sorprendiendo a la reina para acostarse. El ardid pareció funcionar, pero al día siguiente la reina ordenó su marcha escoltada -se ve que ya tenía oidores que aconsejaban mal…. para el amor, claro-. De la casa al exilio fuera de Londres, pues la reina lo destierra -mejor lejos que cerca no me contengo y me puedes convencer tontito-. La cosa se torna bien fea para el prometedor Robert Devereux, pues su carrera se ha hecho añicos, merced a la propia arriesgada apuesta. Lejos de tener en consideración su propia vida -como otros tantos en la historia-, que en Isabel siempre era un riesgo a tener en cuenta, pasó de dolido, enrrabietado e indignado, a conspirar directamente contra la otrora amante suya. Zascandileo con cualquiera que pareciera dispuesto a jorobar la existencia de la anciana reina, ya fuera España, Francia, Escocia o Irlanda…

Su última tentativa fue una apuesta al todo o nada. La reina le había arrebatado el monopolio de los vinos, y eso fue demasiado. Reunió a  sus partidarios con la intención de derrocar a Isabel, y se dirigió a Lóndres. Estas horas han dado mucho que hablar, pues Essex iba hacía la reina, siendo el único hombra que había sido capaz de arrebatarla y aprovechar sus femeninas reacciones. Cabalgaba hacia, y realmente la reina temió, pues parte de su desconsideración hacía su amante había sido el desdén de éste, pero otra parte siempre fue la envidia a su rabioso amante.Isabel no sabía que reacción podría tener el pueblo subyugado por ella, a la llegada de tan fabuloso salvador. Tanto la cosa que ni sabía cual sería su imprudente reacción; llegaba el hombre, ese hombre que toda mujer debería temer. La cosa es que un hombre que tenía cualidades para todo, siempre le faltó algo; suerte. El pueblo acojonado, a regañadientes clamaba por un salvador, pero advenido éste, no movió una ceja se fuera a notar. Essex entró en Lóndres y nadie le hizo ni puto caso.

Isabel I de Inglaterra, la reina virgen… Pero no tanto. Realmente las circunstancias condujeron a una simple mujer a comportarse cruelmente -como lo hacían los hombres-, produciendo el contraste inasumible en la masculinidad debido a su fragilidad aparente como mujer. Por lo demás tuvo tiempo para el amor y lo vivió como la que más. Inglaterra como marido, no daba el mismo juego que el conde de Essex.

Ella sabe ahora lo que tiene que hacer; Essex tiene muchísimos y poderosos enemigos, y su única baza hubiera sido un rato de conversación a solas con la reina. Cosas de amor, no me pidan explicación. Pero realmente ella se conocía perfectamente, y jamás quiso dejarlo acercarse nuevamente a ella. Cosas de las limitaciones de cada uno, no me pidan explicación. Permitió que el consejo de estado lo juzgara, donde como no, no había miraditas ni confidencias; sentencia de muerte. Tras esto jamás llegó el indulto de una mujer dolida que aún lo quería, que se sentía desbordada por el único macho al que jamás pudo dominar y que prefirió cavar su propia muerte a solamente amarle, simplemente quererla. Essex subió al cadalso con 34 años y una fulgurante vida anterior. Orgulloso como siempre, ascendió los últimos peldaños de su vida, estos no tan exitosos, se dirigió a los asistentes en un largo discurso con la oratoria aquirida gracias a Francis Bacon, y lo último que se oyó decir fue; “¡¡¡Dios salve a la reina!!!”

Una trágica historia de enamorados, que había prometido escribir algún post atrás.

Un Saludo.

Guy Fawkes: 5 de Noviembre de 1605

Publicado: 5 noviembre, 2011 en Historia

Hoy es 5 de noviembre. Se conmemora hoy en Inglaterra, la noche de Guy Fawkes. Decir tras Anonymous, Indignados, o incluso la película V de Vendetta, quién era Guy Fawkes, solo puede llevar a la confusión. Como botón de muestra, transcribo literal una conversación en un foro, que por desgracia está bastante extendida:

-Pues eso amigos, donde puedo comprar una máscara de Guy Fawkes por Madrid.//-??//-Una foto o algo hijo.//-¿Qué quieres ir de Anonymous o qué?

La máscara de Guy Fawkes.

Evidentemente me daba cuenta de que otra vez la televisión había causado estragos. Realmente la asociación de ésta careta había quedado absolutamente desvirtuada de su significado real, y ahora Guy Fawkes, se había convertido en el nuevo ídolo que soñadores, utópicos e idealistas, siempre necesitan. Los ingléses esta noche celebran no por supuesto a Guy Fawkes, sino justo el fracaso de este en su empeño francamente terrorista y asesino.

Guy Fawkes, era el típico producto de la época convulsa que le tocó vivir. Nacido en Scotton(York) en 1570, vivió la trasformación de Inglaterra en nación protestante. El había nacido en una una familia protestante, y de hecho tomo su bautismo como tal. La cosa vino a empeorar para su situación, cuando su madre casó con Denis Brainbridge, un irredento católico. Evidentemente la influencia de este se hizo sentir, y Fawkes acabó convertido al catolicismo. No único en su especie, la corriente restauracionista del catolicismo en Inglaterra, dio muchísimo que hablar, y durante muchos años fue la principal preocupación intestina del reino de Inglaterra. Evidentemente tras muchas conjuras y motines, los católicos empecinados en su férrea fé, empezaron a ser considerados un problema, y como tal, tradados de mala manera. Esta presión influiría de forma concluyente en el carácter del propio Guy Fawkes.

Retrato de Guy Fawkes. 

La peligrosa situación de división religiosa, propiciaba que muchísimos ingléses, acabaran despreciando al vecino por el hecho de tener una fé diferente y hereje, siempre a los ojos contrarios. Daban igual títulos, rancio abolengo, tradición o comportamiento; o católico o protestante. La nación de muchos, se convirtió en un infierno, donde vivir cada día era un absoluto riesgo. Dado que los católicos eran minoría, muchos de ellos se decidían por la emigración, para ganar la tranquilidad y oportunidades que su propia patria les negaba. Guy Fawkes fue de los ingléses que decidió emigrar y ponerse al servicio de otra potencia, católica por supuesto. En vista del maremagnum de Inglaterra, la ocasión perfecta para Fawkes, fue la situación similar que se vivía en la vecina Flandes, donde medio país era católico- actual Bélgica- y el otro protestante- Holanda-. En Flandes la situación desembocó en una larguísima guerra civil, merced a la paridad y la presencia española como potencia católica dominante.

Tercios españoles, donde Guy Fawkes luchó durante 10 años. 

El inglés Fawkes acabó enrolado en los famosos Tercios de Flandes, luchando contra protestante, incluso en ocasiones contra compatriotas de su natal Inglaterra. Cumplidos los veinte años, Guy Fawkespasó a engrosar las filas españolas, donde permaneció la friolera de diez años combatiendo el protestantismo al que tanto odiaba. Aquí pasó a llamarse con el más latino Guido Fawkes, seguramente asumido para facilitar su nombre a sus compañeros italo-españoles. Aunque no es un hecho que la historia haya podido aclarar, no caben dudas de que además de forjarse soldado combativo contra los protestantes, Fawkes se convirtiera en utilísimo agente español. Estos abundaban tanto en Inglaterra, como corsarios y piratas en las Antillas españolas. Concluido su periodo como militar español en Flandes, retornó a Inglaterra para seguir la profesión que había desarrollado junto a los españoles. Ahora soldado de Inglaterra.

La conspiración de la Pólvora.

Robert Casteby un noble católico inglés de larguísima tradición restauracionista -había participado en la fracasada rebelión del Conde de Essex -, decepcionado por la escasa mejora hacia los suyos-católicos-, con la reciente monarquía de Jacobo I, decidió un nuevo levantamiento, apoyado por un siniestro golpe de efecto: La voladura del parlamente inglés, parlamentarios y rey incluídos. El plan de envergadura, era descabezar la corona y el estado, facilitando con ello la llegada al trono de un monarca por fín católico. Guy Fawkes, fue el elegido para llevar a cabo la parte de la voladura, ser la mano ejecutora. En los sótanos del parlamento, debería incendiar veinte toneles de pólvora en la hora adecuada del día 5 de Noviembre de 1605, donde se reunirían por primera vez el rey Jacobo con su parlamento. Fawkes llegado el momento apareció antorcha en mano en aquellos sótonas dispueto a ejecutar el plan que daría comienzo a la rebelión urdida.

Grabado representando los “conspiradores”. 

Pero jamás pudo llegar a prender aquellos toneles de pólvora. Sorprendentemente la conspiración era ya bien conocida, y cuando se hallaba recopilando leña como mecha, fue detenido de inmediato por la guardia del parlamento. Como otros aspectos históricos, la misma acción, incluso sirvió posteriormente, para facilitar el gobierno del propio rey Jacobo, que sin el carácter de su antecesora, la temible Isabel de Inglaterra, consiguió mejores dispendios de este con la mitad de carácter. Sospechosamente, el atentado a perpetrar, apesta como preparado y hurdido por la propia camarilla del rey, a sabiendas de cuando habría que detenerlo y como no, de que sus consecuencias impactarían tanto al rey, el parlamento, e incluso el pueblo. En efecto esto fue así, pues Jacobo I resultó tras el fracasado atentado, como símbolo de unidad en Inglaterra. La amenaza de la guerra civil había quedado contenida, y aunque pesara al grupo ejecutor, ni los católicos querían un escenario como el futurible.

Guy Fawkes, simple peón ejecutor de un movimiento burdamente terrorista y evidentemente peor preparado, fue torturado durante días. Una vez confesó delatando complices y conspiradores que conocía, fue llevado a juicio y posteriormente condenado a muerte. Ahorcado, su cuerpo fue desmembrado y sus partes repartidas por toda la geografía inglesa, a modo de advertencia para nuevas intentonas terroristas y futuros conspiradores.

La perversión metódica de la figura de Guy Fawkes.

Realmente alejándonos de patriotismos ibéricos y connotaciones románticas, las consideraciones históricas de la acción y biografía de Fawkes no dejan lugar a duda. Guy Fawkes era un terrorista en inspiración y usos. Lejos de la interpretación que pueda entender el lector si empatiza minimamente con la figura de Fawkes o el sufrimiento que le pudo suponer la terrible atmósfera de presión interna en la que debió vivir, las acciones de Fawkes no tenían en absoluto beneplácito popular. El reinado de Isabel I de Inglaterra, había dejado exhausto el país. Anímicamente la nación ansiaba la unidad sea esta como fuera. Daba ya igual católica que protestante, unicamente deseaba disfrutar de paz y tranquilidad. Jacobo I con salvedades, vino a suponer la consagración de ese ideal, sentando los mínimos de tolerancia de la Inglaterra actual. La presión protestante hacia los católicos, vivió su esplendor con el ocaso de Isabel, y su decadencia con el rey escocés.

Jacobo I

Claro está que como la mayoría de los terrorismos, incluídos los actuales, para nada tienen que ver con una situación de desesperación o privación social real, esa es la excusa necesaria para vertebrar normalmente las más funestas ideas. Los católicos en su mayoría buscaban su espacio y una entente dentro de una nación mayoritariamente protestante. Sólo el grupo más fanático y radical, se empeñaba en dar la vuelta a la tortilla, dejando de lado el ideal del respeto a los católicos, a cambio de la conversión masiva de los protestantes. Guy Fawkes junto a otros, pertenecía a este grupo. Su acción solamente se justificaba mediante los quebrantos sufridos por los católicos, pero no menos deseaban estos perpetrar hacia los protestantes. La Conspiración de la Pólvora guste o no, era un claro atentado no contra los pilares de la soberanía protestante de Inglaterra, sino contra el propio pueblo inglés en general. De ahí que la figura de Guy Fawkes, lejos de verse idolatrada por su subversiva acción, durante muchísimos años, fuera vista en el adecuado tono oscuro.

Se necesitan iconos, se adora lo trasgresor, pero a veces no se es demasiado acertado.

Tuvo que ser el sesgo de las historias contadas a medias, mezcla de tiempo transcurrido, mentiras e ideales románticos, los que han conducido la creacción sorprendente en Fawkes, de un icono mediático. V de Vendetta y los movimientos de “indignación” necesitaban un ídolo por su acción, ni mucho menos por su razón. Guy Fawkes es condensado habilmente por su intento de “explotar” fisicamente el estado y con ello la teórica finalización del propio sistema. Ahora mediante este interesadísimo tratamiento de estética, muere un fanático religioso, un terrorista, y merced a una practicidad temporal avergonzante, nace un ídolo de masas, una forma inspiradora de actuar, una metodología. Toda una operación de imagen desde luego. Guy Fawkes ha pasado de ser el “coco” británico, a un romántico y caballeroso salvador de la “oprimida” sociedad por la omnipotente máquina avasalladora que indudablemente tienen que ser los estados para algunas mentes.

Sirva ésta reseña histórica, solamente para dar algo de luz en una verdad a medias, una naciente y creciente creencia popular o leyenda urbana, que algunos pretender crear desde cero con lamentables artimañas de puro y duro marketing. No creo que nadie de bien, en el mundo actual, se enorgullezca de ponerse la máscara de Osama Bin Laden, so pretexto de que en su acción también atentó contra el Pentágono, y con ello luchaba por las libertades y el pueblo. Ámbos eran fanáticos religiosos….

Un Saludo.